Ortega Cano: 'Duermo cada noche junto a ella, cogiéndole la mano'

Impresiona. Y mucho. Entrar en el MD Anderson Cancer Center —que así se llama, sin eufemismos, exorcizando la «palabra maldita»— es introducirse en un universo paralelo cuyo único idioma es la esperanza. Sus más de 400 habitaciones están siempre llenas. Y eso son muchos dramas, porque aquí nadie viene por un catarro mal curado ni por un esguince en la rodilla. Hay algo que se desprende en este lugar: las ganas de vivir. Una esperanza que se traduce en una fuerza brutal para luchar contra la enfermedad y que irradian con unanimidad los enfermos que aquí se tratan. «La más grande» sigue sacando fuerzas de flaqueza para lidiar a este miura que le ha plantado la vida y que ahora se le ha complicado con una bacteria oportunista que la ha cogido con las defensas bajas y ha utilizado el atajo de sus problemas de alergias. Pues con todas y con esas, Rocío sigue luchando. Y venciendo.

Pero no está sola. En la planta sexta del Anderson tiene a su vera, siempre a la verita suya, a José. Ni a sol ni a sombra se ha separado de ella durante el mes casi completo que lleva internada aquí. Desde que viajaron, hace ya un mes, las cosas han estado bien y mal, como en un cuchillo de sierra, arriba y abajo. Rocío llegó «malita», luego se puso muy bien y después casi rompe el esquema. Pero ahora vuelve a subir, y con su recuperación vuelven a tomar forma los ánimos de toda la familia.
—¿Qué tal está?
Está mucho mejor. Estamos muy contentos con la recuperación. Ya hemos pasado el susto. La situación ha sido delicada pero mejora cada minuto que pasa.
—¿Pero continúa en la unidad de cuidados intensivos?
Sí, pero no es una unidad de cuidados intensivos como las que tenemos en España. Rocío tiene una persona que la atiende las veinticuatro horas, pero se puede estar con ella en turnos de dos en dos.
—Al venir todos a la vez, se desató la alarma en España...
Lo que pasa es que en la distancia las cosas se viven de forma diferente. Nosotros aquí estábamos más tranquilos que los que seguían en España.
—Decidimos venir —interviene Amador — a animar a Rocío y a relevar un poco a la familia. Rosa, mi mujer, llevaba casi un mes aquí y quería relevarla un poco. Allí nos pusimos un poco nerviosos y dijimos: «Todos para allá».

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