Rocío Jurado bailó sevillanas en Houston demostrando su recuperación

A Jesús Quintero, en la gran entrevista que con él mantuvo hace unas semanas, en la Primera de Televisión Española, sin rodeos, claramente, Rocío Jurado confesó. "La batalla no está ganada del todo, hay que seguir luchando". Y en ello está «la más grande». En la lucha cuerpo a cuerpo con el cáncer de páncreas, contra el que ganó ya el primer «round» en las doce cuerdas del ring de la vida. Pero eso no quiere decir que se ha ganado la guerra. El enemigo es duro, una plaga. Y Rocío lo sabe, y también los que la rodean, los más cercanos, y el que más, su marido, el torero José Ortega Cano, que lo ha dejado todo, todo. Hasta colgó la pasión de sus trajes de luces por atenderla, por estar a su vera, por ayudarla. Y su hija Rocío, y su hermano Amador, e incluso en una cierta distancia, pero tan cerca siempre, Juan de la Rosa, el que fue su secretario fiel, desde la raya del agua de Chipiona y que siempre tiene el teléfono abierto en las dos direcciones, en comunicación. De ida y vuelta.

Mientras tanto, Rocío Jurado, después de volar a los Estados Unidos desde Madrid, más deprisa de lo previsto, por la sencilla razón de que el dolor de estómago no se le apagaba y el dolor no se debe aguantar, aunque algunos digan que sana, se dejó tender en la mesa de operaciones, que es lo natural, para hacerse la prueba a que tenía que ser sometida, como ya estaba escrito, solo que unas fechas antes. Además, su médico de Estados Unidos no iba a estar en la fecha prevista —porque es una autoridad en la materia— y andaría por Europa dando unas conferencias sobre la prevención y cura del cáncer.

Así que cuanto antes mejor, y así se hizo. Una observación de más de una hora, con anestesia, es verdad, en la clínica oncológica de Houston, en Texas, donde Rocío ya es, para suerte y desgracia suya, una persona muy popular, además de una cantante única, una enferma estupenda, según hemos sabido. Y de lo que en la intervención se hizo, «a esperar las pruebas». A ver los resultados. En ello se tardan unos días, habitualmente. Y Rocío no ha querido esperar en la distancia. Su hija Rocío acudió presurosa al encuentro de su madre, como debe ser. Y cuando fue posible, y tras el alta médica, los niños, que ya están los dos con ella, también.

A la espera del resultado
Y por encima de los rumores, el interés por su salud es grande, que las audiencias se disparan con sólo pronunciar su nombre, la verdad desnuda. Rocío no está curada del todo, aunque se está en ello, a tope y usando todos los medios: la quimio, la radio, la observación, la disciplina ante todo y sobre todo. «Hay que dormir con un ojo abierto cuando se tiene al «otro» dentro, cuenta Oriana Fallaci, la espléndida periodista, hablando de su enfermedad desde hace años, contra la que lucha con uñas y dientes, sin dejar de escribir un solo día.

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