Aunque soy gallego, de Orense, y me siento muy gallego —diría más de una vez el doctor Iglesias Puga en vida —, la verdad es que el día que me vaya tengo que pedirle a mis hijos que lleven mis cenizas al mar de Peñíscola, que forma parte tan importante de mi vida». Aquellas palabras, tantas veces pronunciadas, están siendo estos días repetidas, recordadas, incluso en su propia voz, como último documento, en las radios y las televisiones de toda España y América.

Por eso, sus hijos, su viuda, sus nietos, han querido hacer que su deseo se cumpla. Y han guardado sus cenizas, que hasta ayer fueron ardiente llama, hasta el último momento en el sitio más íntimo de su paisaje cotidiano, hasta que un día, en paz y tranquilidad —si es que el dolor se apaga en algún momento cuando se pierde un ser querido —, las trasladen, dentro de la urna, allí donde él quiso quedarse para siempre «cuando todo se acabara en esta vida».

Peñíscola ha sido para el doctor Iglesias siempre un lugar entrañable, querido, y vivificante. Desde que era muy joven y sus hijos niños, el primer paisaje marino que vieron —la playa iniciática en la que jugaron — fue en Peñíscola, y las primeras olas con las que jugaron también. Y ahí, tal vez, le nació también a Julio su mediterraneidad. Y Carlos, asimismo, ama el mar profundamente. Y el lugar está ahí, al pie del castillo del Papa Luna, cálido y encendido, ahí sigue, y en las últimas fotos del doctor con su esposa, Ronna, con su hijo de la mano, que ya hizo allí también su primer castillo de arena, está recogido en el álbum de fotos de papá Iglesias, amorosamente, primorosamente, como un deseo, como un presagio también. En la bruma gallega quedará su recuerdo, claro, y también en la ardiente luminosidad de la América que habla nuestro idioma, también y sobre todo, sobre todo, en ese mar —esa mar, culta y antigua —, para siempre, quedará su deseo. Será ese día, en alta mar, seguro, una ceremonia íntima y dolorosa, y a la par, serena e inolvidable.

Últimamente convierten las cenizas de los que se van en diamantes eternos para llevar colgados del cuello o en el anular de la mano derecha; la familia del doctor, sus hijos, sobre todo, y su esposa, saben que así también será diamante su memoria, porque sembró en vida el sol de la alegría y la amistad. Desde la hermosa lluvia en la que vino al mundo hasta el sol radiante en el que quiso reposar para siempre. Descanse en paz ese viejo marinero que fue patrón de su propio destino, Julio Iglesias Puga, en el regazo femenino de esa mar que tanto amó.

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