Ana Obregón y Victoria Beckham, dos mujeres y un estilo

Antes muertas que sencillas. Ana Obregón y Victoria Beckham tienen, al menos que se sepa —y en vista de que Anita no va a hablar de su relación con David «porque soy una señora»—, un punto en común: el cartel de «fashion victims». Más allá de sus diferencias de gimnasio, a la polifacética Anita y a la ex «spice girl» les une su pasión por la moda bajo su personal forma de entenderla: no pasar inadvertidas ni para ir a comprar el pan (si es que se ocupan de menesteres tan prosaicos para sendas estrellas). Si atendemos a las versiones apócrifas de la trifulca de gimnasio, Victoria habría calificado a Ana de hortera. Si eso fuera así, flaco favor se haría la mujer de David Beckham, ya que la Obregón es un espejo en el que Victoria podría mirarse y en el que encontraría alarmantes similitudes como para volver a pronunciar semejante sentencia.

Ambas se convierten en cada una de sus apariciones en un escaparate de las últimas tendencias y de todas a la vez. Es decir, que no se dejan ni una en el armario. Son la antítesis del minimalismo, y no por lo mínimo de sus prendas, que se elaboran con escasos centímetros de tela, sino porque se rigen por otros dos ismos: maximalismo y barroquismo, y eso se manifiesta en su profusión de abalorios, exuberancia de complementos y devoción por las marcas más exclusivas. Se atreven con todo aquello que llene las páginas de moda y que se considere lo más «in» del momento. De casta le viene a Anita, que lleva años —y años — fiel a su inconfundible estilo. A Victoria le vino dado con una campaña de marketing de su grupo, Spice Girls, que otorgó a cada una de sus componentes una personalidad y bautizó a la hoy señora de Beckam como la «pija». Victoria asumió con tanta naturalidad el papel, que lo llevó a sus últimas consecuencias, convirtiéndolo, más allá de la supervivencia del grupo, en un estilo de vida. Bien es verdad que pija, lo que se dice pija, implica mucho más que tener el talonario a prueba de ceros para llenar su vestidor de los trapitos más deseados. No hay más que ir al diccionario de la Real Academia Española para verificarlo:«Dicho de una persona que en su vestuario, modales, lenguaje, etc., manifiesta gustos propios de una clase social acomodada ».

Al margen del vestuario, lo de los modales y el lenguaje queda en entredicho después de la escenita del gimnasio y del «pedazo de m …» que le soltó a la Obregón, más tensa en esos momentos que el arco de Orzowei. Con todo, sólo podemos hablar de similitudes en su fondo de armario, que también es un decir, ya que ni los suyos tienen fondo ni son armarios, mueble totalmente obsoleto con la llegada de los vestidores, mucho más «fashion». Mal que les pese, traemos a estas páginas las pruebas irrefutables de sus encuentros, al margen de sus desencuentros. Y van mucho más allá de la mera coincidencia en dos mujeres que siguen la moda. Vaqueros ajustados, sombreros de «cow-boys », collares, pulseras y abalorios varios —cuantos más, mejor —, gafas de sol (último modelo, por supuesto, y arrasa el aviador), faldas campestres (como la de «La casa de la pradera», aunque se encuentren a años luz de Laura Ingalls), corpiños que baten los récords de contención de la respiración, tacones no aptos para los que padecen de vértigo, escotes imposibles, bolsos de los de cuatro cifras, melenas con extensiones, además de un selecto catálogo de posturitas. Todo naturalidad.

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