Eugenia Martínez de Irujo más feliz que nunca junto a Gonzalo Miró

No hace falta ser Rappel ni echar mano de una bola de cristal para constatar que Eugenia Martínez de Irujo y Gonzalo Miró son felices. Salta a la vista. Tan sólo hay que atender a sus rostros, a sus eternas sonrisas, a sus miradas y a sus gestos de cariño. No pueden ni quieren ocultarlo: están enamorados. Dicen los que mejor los conocen que están enamorados, que viven un amor adolescente —por su intensidad— y que la cosa va muy en serio, con paso firme y hacia adelante.
Cada día dejan más claro que lo suyo no fue un amor de verano, que su relación no se enfría con la bajada de los termómetros ni se resiente con la distancia. Ahora, y después de pasar varias semanas separados, viven con emoción su reencuentro. Y da igual que haya cámaras delante.
Ellos ni ocultan ni exhiben su amor, simplemente lo viven con toda la naturalidad que pueden (y que les dejan). Parcos en palabras, atendemos a la máxima de que una imagen vale más que mil palabras para interpretar su momento. Y a juzgar por las que vienen a estas páginas, las semanas de separación no han hecho sino multiplicar las ganas de volver a estar 63 juntos.
Gonzalo regresó a Nueva York, donde no ha hecho más que comenzar sus estudios en una academia de cine, y que en principio le iban a mantener unos meses alejado de España. Entre tanto, Eugenia se marchó a Japón con su madre para visitar la Exposición Universal de Aichi. Mucho mundo han visto los dos en tan sólo unas semanas. Los días que han estado separados son directamente proporcionales al aumento en la cuenta de teléfono (que crece en progresión geométrica)y a las ganas de volver a estar juntos. Por ello, desde que Gonzalo aterrizó en Madrid no se ha separado ni un momento (ni un centímetro) de Eugenia.

AMOR Y TRABAJO
Pero no sólo era el cariño de la duquesa lo que traía a Gonzalo de vuelta a España. Tras pasar un día en Madrid, la pareja se trasladó a San Sebastián, donde se celebraba el famoso Festival de Cine de la ciudad y donde Gonzalo debía entregar un premio. Desde su llegada al aeropuerto de Barajas, la pareja se convirtió en el centro de atención.
Sería cursi —e incluso ñoño— describir con fidelidad aquellos momentos previos a su embarque, pero se podría resumir con una frase: la viva imagen de la felicidad. Miradas de ternura, gestos de cariño, caricias ajenas a las cámaras y dos eternas e imperecederas sonrisas grabadas a fuego en sus rostros se sucedían.
Llamaba la atención la actitud de un Gonzalo protector y caballeroso: siempre delante de su novia, como para ampararla, siempre cogiéndola de la mano o de la cintura, siempre pendiente de que no cargara con su maleta o de que no fuera importunada por los medios de comunicación.
Y lo hace con un saber estar del que muchos deberían tomar muy buena nota. Con la mejor educación respondía agradeciendo el interés pero declinando hacer declaraciones: ‘Todo está bien. Gracias por el interés, pero no puedo estar diciendo todos los días lo mismo’.

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