José Antonio Canales Rivera y su esposa Mari Carmen posan por primera vez con su hijo

—¿Y ahora qué haces cuando tienes que viajar por toda España?
—Aguanto en casa hasta el último momento. Por ejemplo, el otro día en Coslada los toros eran a las siete de la tarde y llegué a las cinco, y según me quito el traje de torear, me ducho y me vuelvo para casa. Todo mi anhelo es verle y olerle sobre todo. Soy un poco maniático con los olores y saber que estoy oliendo algo que de verdad es mío en todos los sentidos, porque se pueden tener muchas cosas, pero se pueden conseguir con dinero, es maravilloso. Un hijo, sangre de tu sangre, no se puede conseguir con poder adquisitivo, entonces el olor que desprende me encanta, me cautiva, me tiene enamorado.
—Contabas que era un parto programado, pero que al final no fue así. ¿Cómo fue todo?
—Sí, efectivamente, al final no fue así. Estábamos en casa comiendo y pensando que al día siguiente ya le íbamos a ver la cara a nuestro hijo, a Pancho, y de repente Mari Carmen me dijo que creía que venía. Afortunadamente, el hospital está a unos trescientos metros de casa.
—¿Viste entonces nacer a Pancho?
—Sí, entré y tuve la oportunidad de estar allí durante la cesárea y en el nacimiento. Además estábamos atendidos por un ginecólogo magnífico y amigo nuestro, Guillermo Boto. La verdad es que es tremendo y el momento en el que sale el niño es algo para no olvidar. Es aconsejable para todos los seres humanos que tengan la oportunidad de ver nacer a su hijo.
—¿Qué se te pasó por la cabeza al ver a tu hijo por primera vez, lo recuerdas?
—Me emocioné. No soy de lágrima fácil, pero me emocioné mucho, me hizo muchísima ilusión. La palabra que describe la primera vez que ves a tu hijo es emoción porque el momento es emocionante. Escuchas «que va a salir, que va a salir» y ¡es que lo que sale es tu hijo!
—¿Alguna vez imaginaste en ti esos sentimientos?
—No puedes imaginar o pensar lo que puedes llegar a querer a una criatura tan pequeña. ¡Es que no te lo imaginas! ¡Es demasiado pequeñito para quererlo tanto, es imposible! Yo he querido con locura a mis padres, a mis abuelos, a mis hermanos, a mi mujer y a todos, pero eso es increíble, no hay palabras que lo puedan describir.
—El niño se llama José Antonio como tú, pero por qué le llamáis Pancho? ¿Acaso te llamaban así de pequeño?
—No, a mí no. Pero mis antepasados hasta llegar a mi abuelo han sido ‘Pancho’ todos: mi abuelo, el mayor de sus hermanos, es conocido como Pancho el Viejo, su padre era Pancho, su bisabuelo era Pancho, y así todos. Lo que sucedió es que con mi madre y mis tíos ese apodo, porque no es un nombre, no siguió, porque al ser toreros ellos mismos tuvieron que hacerse un apodo y un nombre y mi madre pasó a ser la hermana de Paquirri y de Rivera, no ya la hija de Pancho.
—¿Qué tal están siendo estas semanas de recién estrenada paternidad?
—Para mí, muy buenas. El tiempo que estoy con él lo disfruto muchísimo: le paseo, me lo llevo al jardín, le hablo y le cuento historias, ¡hasta le canto!
—¿Cómo es Pancho?
—Te voy a decir el típico tópico o el tópico típico. Mi hijo es el más guapo del mundo y el más simpático.
—¿A quién se parece?
—Dicen que se parece más a mí, pero yo le encuentro muchísimo parecido a la madre: la forma de los ojos, la forma de la cabeza. Lo que sucede es que los Rivera tienen las facciones muy marcadas en la zona de la boca y en eso sí se nota que es un Rivera, y por parte de Canales, los ojos los tiene también muy achinados, aunque la mamá también los tiene.
—Pancho ha sido un hijo muy buscado, pero no hace ni un año que os casasteis. ¿No ha llegado quizá demasiado pronto?
—No, creo que las cosas llegan cuando tienen que llegar. Además es un momento de madurez tremendo. Quizá antes me hubiera cogido, hablando en términos taurinos, un poco verde.
—Hablemos del futuro de Pancho… Si un día llegase y te dijese: ‘Papá, me quiero vestir de luces’. ¿Qué pasaría?
—Cuando yo decidí ser torero, me costó muchísimo trabajo, porque en mi familia había habido una tragedia tremenda y todas las ilusiones taurinas se habían ido. Remontar todo eso me costó la propia vida. En ese momento no lo entendía, sólo quería ser torero, pesara a quien le pesara, pero ya entiendo esa reacción de mis padres, de mi abuelo y de mis tíos, cuando decían que estudiara, y lo entiendo cuando llevo nueve años de matador de toros y ahora que soy padre. Esta profesión es muy dura. Me gustaría que mi hijo disfrutara el día de mañana más de lo que yo he tenido oportunidad de hacer. Así que preferiría que el Cádiz, dentro de diecisiete años, siguiera en Primera División ahora que hemos subido y me lo fichara y verlo yo correr por la banda vestido con los colores del equipo.

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