Aguas Ocaña. esposa del presidente de Honduras, en familia

—Con tanto trabajo, ¿tiene tiempo para estar con sus hijos?
—Madrugamos mucho. Mi marido suele levantarse a las cinco de la mañana. A las ocho ya vienen los cinco niños a la habitación y se ponen a jugar en el ordenador con su padre, hacen dibujos..., luego estoy con ellos hasta que se van al colegio. Los fines de semana, si podemos, nos vamos a una finca de Valle de Los Angeles y a veces a la playa en Islas de la Bahía. Si los niños no tienen colegio, me los llevo a visitar los centros de acogida o al despacho.

Habla el Presidente
En este momento aparece en el salón el Presidente del Gobierno de Honduras, Ricardo Maduro. Es acogedor, educado y atractivo. Lleva un «pinz» pegado en la camisa: «Es un ángel —dice—. Me lo puse cuando secuestraron a mi hijo. Después lo mataron, y ya no me lo he quitado. Es la memoria». El Presidente deja asomar un halo de tristeza en su mirada. Pero se acaba pronto, porque un torbellino de niños invade la estancia, corriendo y saltando.

—¿Había pensado, Presidente, encontrar la casa llena de niños? Al fin y al cabo, usted ya tenía hijas casadas.
—Y nietos. Tuve mis dudas, porque el trabajo me roba casi todo el tiempo. Pensé que no podría atenderles. Ahora estoy deseando llegar a casa para ponerme a jugar con ellos. Además, tengo que combinarlo con mis cuatro nietos. Es muy bonito verlos cuando están juntos los nueve. Además, tenemos gallinas, conejos, perros. La casa está siempre muy activa.

—Cuando conoció a Aguas Ocaña, ¿qué fue lo que le llamó la atención?
—Su personalidad, independiente y dueña de sí misma. Me encantó su sencillez. Después descubrí que tenía inclinación de servicio a los demás, para mí fundamental; que era trabajadora, inteligente.

—¿Puede decirse que fue un flechazo?
—Completamente. Mi hermano me había hablado de una española muy guapa, muy inteligente. Un día la invitó a una fiesta y yo también fui. Charlamos y pensé que valía el esfuerzo conocerla. Así fue. Yo me enamoré y Honduras ganó a una increíble primera dama.

—¿Le costó trabajo convencerla?
—Un poco, ella tuvo sus dudas.

—¿Qué le dijo?
—Todo sucedió deprisa, porque cuando nos conocimos, yo sólo era el candidato. Después gané las elecciones. Nos veíamos cuando podíamos y charlábamos mucho. Ella se marchó a Italia a trabajar. No teníamos tiempo para adaptarnos el uno al otro. Por si fuera poco se unían dos personas maduras, con culturas distintas. Fue un aprendizaje mutuo. Los dos tuvimos que acercar posturas, y eso ha enriquecido la pareja. Personalmente, creo que gracias a ella he cambiado mucho, y no digamos mi vida. Hace dos años era un abuelo y ahora tengo cinco hijos pequeños en la casa y a punto de llegar mi quinto nieto. (Se ríe.) Imagínese.

«Fui a Nápoles a buscarla»
—¿Es cierto que usted voló a Nápoles, donde ella trabajaba, para pedirle que se casara?
—Es cierto, y era lo que tenía que hacer si quería mantener nuestra historia de amor. La oposición criticó esta relación para desprestigiarme, pero pensé que mi futuro personal estaba en juego. Los dos necesitábamos saber qué iba a ser de nosotros, y el resultado es que regresé a Honduras para anunciar nuestro matrimonio.

—Le criticaron por no haber asistido a una cumbre de presidentes.
—Estuve en la cumbre, pero un día les dije: «Me perdonan, por razones de amor», y me dijeron: «Claro, váyase»; incluso me aplaudieron cuando me iba.

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