Aguas Ocaña. esposa del presidente de Honduras, en familia

—¿Con qué equipo cuenta?
—Pocos, la mayoría voluntarios y organizaciones religiosas de todo tipo.

—¿Recuerda el primer niño que recogió de la calle?
—La primera noche cogimos treinta en media hora, los que cabían en el «busito». Después se corrió la voz y unos corrían a esconderse al verme y otros se acercaban porque sabían que les daba pizza y los íbamos a ayudar. Hoy puedo decir con orgullo que prácticamente las calles están limpias de niños mendigando.

«Al mismo tiempo de casarme»
—Usted y su esposo tienen en su casa a alguno de estos niños. ¿Cómo y cuándo decidieron adoptarlos?
—Casi al mismo tiempo de casarme. En una de las muchas visitas al centro de rescate de menores Nueva Esperanza, había una niña que demandaba mucha atención. Tenía dos años y medio y estaba con su hermano, Kevin, al que protegía como una loba. Los visitaba todos los sábados y, con el resto de los treinta niños, me los llevaba de paseo y de compras (a cargo de «peinar » la tarjeta de crédito de mi marido). Milady, la niña, me reclamaba tremendamente. Era tan protectora que, si por la noche su hermano lloraba, entre las treinta cunas, sabía y conocía perfectamente su llanto, y lo defendía a capa y espada. Todo esto se lo contaba a mi marido al llegar a casa. Le decía: «Ven a conocerlos, son unos niños tan especiales, tan cariñosos... Me los quiero traer a casa». «Aguas, ¿a casa? ¿Adoptarlos? ». Cada semana que pasaba me costaba más dejarlos. Un sábado los encontré malitos, la niña con diarrea y él con fiebre, así que llamé a Ricardo y le dije: «Me los tengo que llevar, porque se van a morir». Pensé: «Si me quiere, me quiere con los niños». Me dijo: «Tráetelos», y salí corriendo a casa antes de que cambiara de idea. Cuando llegó por la noche ya estaban instalados. Todavía guardo los zapatitos con que vino Milady...

—Después adoptó a otros tres.
—Sí. Pensé que Ricardo, cuando se lo contara, me iba a echar de casa. (Se ríe.) Pero encontré a Francis al borde de la muerte, desnutrida, sin masa muscular; vivía con su abuelita y no quería ni podía alimentarla. Le pedí permiso para llevármela. Desde el primer momento, la niña empezó a llamarme mamá. Tengo también como «madre solidaria» a Jackie y a Johan, que pertenecen al Programa de Protección de Testigos. (Este es el motivo por el que los pequeños aparecen en el reportaje con la cara distorsionada.) En total, cinco.

—¿No ha pensado en tener un hijo biológico?
—El mandato de mi marido termina dentro de catorce meses, queda mucho por hacer, así que hemos decidido esperar hasta entonces.

—Con tanto trabajo, ¿tiene tiempo para estar con sus hijos?
—Madrugamos mucho. Mi marido suele levantarse a las cinco de la mañana. A las ocho ya vienen los cinco niños a la habitación y se ponen a jugar en el ordenador con su padre, hacen dibujos..., luego estoy con ellos hasta que se van al colegio. Los fines de semana, si podemos, nos vamos a una finca de Valle de Los Angeles y a veces a la playa en Islas de la Bahía. Si los niños no tienen colegio, me los llevo a visitar los centros de acogida o al despacho.

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