Aguas Ocaña, esposa del Presidente de Honduras, en familia

En muchos lugares de América la llaman la nueva Evita Perón. Aguas Ocaña de Maduro, primera dama de Honduras, ha conseguido, desde su matrimonio con el Presidente centroamericano, convertirse en «el ángel de los pobres» de su país. En dos años escasos ha recogido a los niños de la calle, que se agolpaban en los semáforos; ha protegido a niños maltratados, ha creado centros para mujeres también maltratadas y ha mejorado las condiciones de las cárceles. Asimismo, y predicando con el ejemplo, ha comenzado los trámites de adopción de cinco niños que viven en su casa y a los que considera ya sus hijos. Así, en tan poco tiempo, casi se ha hecho más popular, incluso, que su marido. Todos en Honduras, excepto una parte de la sociedad que se niega a ver la pobreza de los suyos, la adoran y la consideran «la Evita del siglo XXI».
Estamos en su casa, después de haber pasado varios días siguiéndola por la ciudad, sin descanso, con una agenda que comienza a las nueve de la mañana y acaba «cuando se acaba». Durante cinco días hemos visitado colegios, centros infantiles de niños aquejados de hidrocefalia, paralíticos, de jóvenes pandilleros; hemos paseado por las calles y hemos comprobado cómo la quieren. No es una pose para hacerse la foto... Aguas lo hace todo con auténtica devoción. Conoce a los niños por su nombre, sigue el proceso de su enfermedad, anima a las reclusas... Pero también se enfurece cuando comprueba que se ha cometido alguna irregularidad. Como cuando visitamos un centro infantil y ve que los niños están mal cuidados y peor alimentados. Ahí le sale el genio español y empiezan a rodar cabezas: «¿Dónde están los pollos que he mandado esta semana? ¿Por qué los niños no comen más que arroz?».
Y es aquí, en su residencia particular, después de unas largas jornadas de trabajo, cuando le pedimos a la primera dama que nos cuente un poco de su vida privada. De cómo una española, de Sevilla, logró conquistar el corazón de los hondureños y el del Presidente de ese país.

«Había una plaza de Canciller»
—¿Cómo llegó a Honduras?
—Fue en mil novecientos noventa y nueve. Trabajaba en el Reina Sofía como jefa de contabilidad. Pasé una etapa dura familiar. Murieron mi tío y una prima de cáncer; mi sobrino estuvo muy enfermo... Después, decidí cambiar de aires y vi que había una plaza de canciller en Honduras. Y aquí estoy.

—¿Cuándo conoció al Presidente Ricardo Maduro?
—En octubre de hace tres años. Cuando ya había decidido irme a trabajar a Italia. Ya tenía la mudanza enviada a Nápoles y vivía en casa de una amiga. En el Ministerio de Asuntos Exteriores me pidieron que retrasara el viaje, porque había una visita oficial y tenía que estar presente. En este intervalo de tiempo me lo presentaron. Fue en una fiesta en casa de su hermano. Nos caímos bien y nos vimos casi a diario durante veinte días. Me marché a Italia. La relación siguió por teléfono, por «e-mail»...

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