Palomas Cuevas y Enrique Ponce, de la mano por el ruedo de la vida

Mañana, día de la Virgen de Guadalupe, volverá Enrique a la México para mirar de frente al destino en los ojos del toro que ya le espera en chiqueros. Y al pasar con su cuadrilla por las calles de la ciudad en fiesta, le gritará la gente desde el fondo del alma: «¡Que Dios le bendiga, maestro!». Cuenta Enrique que una vez que salió a hombros volvió en el coche de no sabe quién, desde no sabe dónde, a varios kilómetros de la plaza, y dice Paloma que aquel día le abrió la puerta del hotel y se lo encontró con el traje hecho jirones, descalzo y con la camisa rota, rota de cariño, y que traía una sonrisa en la cara que casi compensa el miedo que ella pasa cuando él se va.

Tiene el maestro una placa de bronce en la puerta de entrada de la plaza, entre la de Manolo Martínez y Carlos Arruza. Las dos leyendas del toreo mexicano abrazando al español, haciendo historia común, hermanando tierras. Ya está la plaza barrida, ya tienen nombre los dueños de los 50.000 asientos que corearán mañana ese «¡ooole!» de tantas oes, tan distinto al ¡olé! nuestro en su forma y tan igual en su sentido de admiración, de respeto. Mañana, al caer el sol, colocará Franklin, adornando la barrera, el capote bordado con la imagen de la Guadalupana, esa Virgen un poco niña que se quedó para siempre en el poncho del indio Diego.

Esa Virgen morena que da la bienvenida en «Cetrina » a los que vuelven a casa y que preside la capilla que cada tarde construye el maestro, vaya donde vaya. Mañana saldrá Paloma temprano para colgar una cinta blanca en la ermita de San Charvel, que cumple, dicen, los ruegos y esperanzas de quienes acuden a él. Y la dejará prendida junto a la verde del año pasado, la que quedó en señal de agradecimiento por volver a España con Enrique de la mano y dar con él esa vuelta al ruedo que es su vida. Mañana, si Dios quiere, se abrirá la puerta grande para que salga el más grande de la torería. Mañana nos dirá el torero cómo le fue, con esa manera suya de hacer crónica taurina, que es como estar en el callejón, pero sin pasar miedo, y luego le cantará boleros a Paloma al oído. Eso será mañana. Hoy nos ponemos a charlar y se nos va la tarde. Hablamos de México, de «Cetrina », de tardes de toros y rancheras, del sol de Acapulco, de Navidad, de la vida y la muerte. De todo.

—Volvéis a México como el que regresa a casa, Enrique.
—Llevo viniendo desde el año noventa y dos, doce años consecutivos, y la verdad es que siempre ha habido un cariño muy especial y mucha simbiosis entre México y yo. Me siento muy querido aquí y se puede decir que es mi segunda patria. Si me pierdo, aquí me encuentran.
—Acuérdate, maestro, de aquella tarde en la México, hace dos años, cuando le brindaste un toro a Estrella Morente. Y ella sufría porque el toro te buscaba, y cada embestida era un susto...
—... y estando toreando, ella empezó a cantar y se hizo el silencio. Ella, cantando con esa sensibilidad y esa voz que tiene, y yo, toreando... Fue un momento mágico, que aquí aún se recuerda.
- Hay una canción que habéis hecho vuestra, que siempre cantáis con el mariachi, y habla de las estrellas y la alegría de haberse conocido. ¿Qué le cuentas a las estrellas? ¿Qué le pides al cielo?
—No se puede pedir más. Doy gracias a Dios por todo lo que me ha dado en la vida y porque me ha cuidado mucho en los momentos de peligro que he vivido, que han sido muchísimos, ten en cuenta que he toreado más de tres mil toros. »Tengo que dar gracias por la familia tan maravillosa que tengo. Por haberse cruzado en mi camino una mujer como Paloma y poder compartir mi vida con ella. »Sólo pido a Dios poder mantener esta felicidad, y ahora, también pensando en crear una familia, que sería ya la felicidad al completo. Yo he estado muchos años toreando mucho, pero a partir de ahora ya voy a torear menos y voy a poder disfrutar más de los hijos, cuando vengan.

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