Palomas Cuevas y Enrique Ponce, de la mano por el ruedo de la vida

—En León, hace tres años, estuviste cara a cara con la muerte, y este verano, en Alicante, os disteis otro buen susto. ¿Cómo se vive un momento tan duro? ¿Qué cosas se vienen a la mente?
—Yo creo que uno es consciente de que esas cosas pueden ocurrir, está uno tan preparado mentalmente, que comprende que puede ocurrir, y lo lleva más o menos bien. Lo aceptas y sabes que forma parte de tu mundo y de tu profesión. Unas veces te toca triunfar y otras te toca sufrir la cara amarga de esta profesión, una cogida. »La cogida de Alicante no revistió demasiada importancia, pero sí fue muy, muy dolorosa. Aparte de la cornada en el muslo de veinticuatro centímetros, tuve rotura de clavícula y cuatro costillas fracturadas, y estuve dos meses apartado de los ruedos. Pero, por otra parte, yo soy muy positivo y creo que tuve una reaparición impresionante. En Málaga, ese día casi indulto un toro, fue la mejor faena de la feria, y luego, recién levantado de la cama, como quien dice, me fui después de Málaga para Bilbao, y allí también triunfé, en esa plaza tan seria, donde salen toros tan importantes.
—Hablamos, Paloma, de la cara más amarga de la profesión de Enrique, e imaginamos lo duro que debe ser también para ti saber que cada tarde se juega la vida. Tú nunca vas a la plaza, ¿verdad?
—Desde que conocí a Enrique, no le he vuelto a ver torear nunca, y la verdad es que se vive con muchísima angustia, con muchísimo miedo, y además, con un miedo añadido desde el percance tan grave que sufrió hace tres años en León. Y esa ansiedad la siento no sólo cuando él está toreando, sino siempre que no está en casa.
—¿Cómo pasas el tiempo, sola, en la habitación?
—El monta siempre una capilla preciosa, y tarda más de una hora en colocar cada estampa en su sitio; cada imagen, cada reliquia, en su lugar. La monta siempre idéntica. Y me quedo en la habitación junto a esa capilla, haciendo miles de novenas.
—¿Cómo es tu oración?
—Le pido a Dios que lo proteja; ante todo, que lo proteja. Que vuelva sano otra vez al hotel, que no le pase nada ni a él ni a ninguno de sus compañeros. Y si además de volver bien puede volver contento, con la satisfacción de haber conseguido un sueño, un logro más, pues mejor. Abrir la puerta y encontrar una gran sonrisa es un gran pago también para los momentos de tanta tensión.
—Pero, ¿compensa el miedo que se pasa o no?
—No. El miedo que se pasa no te lo compensa nada. Es muy grande. Parte de mí se va a torear con él cuando sale por la puerta.
—Dime cómo continuarías esta frase: «El día que Enrique se retire...».
—... será el más feliz de mi vida. Dejamos a Enrique y Paloma, juntos, de la mano, por este mágico México, y nos alejamos de allí para dejarlos solos.

Pensamos que otra vez mañana, cuando empiece a caer la tarde, se prepararán para ver pasar rondándoles la sombra del peligro. Quedará el maestro en pie, el sol de la tarde envuelto en cortinas de hotel, solo ante su capilla, ésa que construye él mismo, besando una a una sus estampas. Montera al pecho, mirada al suelo y pensamiento en algún lugar lejano, entre el cielo y la casa de «Cetrina», en el fondo negro de los ojos de Paloma. Rezará el torero vestido de luces, y se quedará a solas, en silencio, hablando con Dios: «Pido siempre a Dios que no nos suceda nada a ninguno de mis compañeros ni a mí tampoco, y bueno, si puede ser, que esté a gusto y que pueda tener una buena tarde. Que pueda disfrutar del toreo. Que pueda torear despacito, templado, que salga todo bien. Y luego, a la vuelta, siempre le doy gracias por estar allí, haya triunfado o no haya triunfado».

Al salir por la puerta grande de su habitación, con el beso de Paloma en los labios, dejará prendido, entre las manos de la Virgen de Lourdes, para que ella lo guarde hasta que él vuelva, el anillo que lleva grabada por dentro, junto al nombre de su mujer, la fecha de su boda.

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