Palomas Cuevas y Enrique Ponce, de la mano por el ruedo de la vida

—¿Qué parte de Paloma quisieras que heredasen vuestras hijas?
—Si tengo niñas, que hereden su fondo. Su sensibilidad y su forma de ser. Que sean buenas personas, como lo es ella. Paloma, con ese nombre de ranchera, está llena al tiempo de valor y miedo, es a la vez fuerte y frágil, firme y dulce, muy dulce, sensible, tierna, lista.

Y cuando, pocas veces, gracias a Dios, la vida les ha dado una cornada, ella ha llorado a escondidas, y se ha limpiado las lágrimas para no dejárselas ver a él. - «A las estrellas, como dice la canción, les agradezco la suerte de poder gozar de una familia tan unida, tan compenetrada, tan cómplices los unos de los otros, y también de tener unos amigos tan extraordinarios. Para mí, la familia y los amigos son los pilares más importantes de la vida. Considero a los amigos como una prolongación de nuestra familia, como hermanos, como un auténtico regalo del cielo. »Y dentro de mi familia, por supuesto, doy gracias a Dios por mi marido, que ha sido una persona que, además de darme siempre mucho amor, me ha enriquecido espiritualmente, me ha enseñado a ver la vida de una manera especialmente bonita y a disfrutarla con más intensidad. Para mí, Enrique lo es todo en la vida. Doy gracias por haberle conocido y por tener un matrimonio que es mejor de lo que nunca hubiera podido soñar».
—¿Volveréis a casa en Navidad, Paloma?
—Sí, pasaremos la Navidad en el campo, con las dos familias reunidas. Vendrán mis padres, a los que adoro, y son para mí la luz que ilumina mi vida. Y mis suegros, a los que también quiero muchísimo y son un ejemplo de calidad humana. Vendrán nuestros sobrinos, hermanos, primos, amigos también. Tenemos la suerte de tener con nosotros a los dos abuelos de Enrique, que tienen más de noventa años y son un ejemplo para nosotros.

«Cetrina» es su lugar en el mundo, su hogar. Nos dice Paloma que allí se fueron de recién casados, que lo han construido juntos, piedra a piedra. El poco tiempo que les queda para estar a solas lo pasan allí, donde Enrique entrena y se prepara. Donde empieza y termina cada temporada.
—¿Qué te hace falta para sentir que realmente estás en casa?
—La verdad es que yo, estando con Enrique, en cualquier sitio me siento en casa. Ahora mismo, aquí, en México, estoy con él y me siento en casa. Yo ya no concibo mi vida sin Enrique. Es el eje de mi vida, el motor, es todo.
—¿Y en «Cetrina» queda todavía algo que eches en falta?
—La verdad es que siempre imagino la finca llena de niños. A los dos nos gustaría mucho tener tres o cuatro hijos, pero hemos sido siempre muy responsables y consecuentes con nuestras decisiones y sentíamos que, si Enrique toreaba más de cien corridas de toros en España y luego viajaba a América para torear en México, Colombia, Perú, Venezuela, Ecuador, realmente no podría dedicar a un hijo el tiempo que merecería. Un hijo necesita mucho tiempo y muchísimo cariño, y sentirlo físicamente, sentir a su padre cerca. Hasta ahora, por muchas ganas que tuviéramos de tener hijos, nos dábamos cuenta de que no era el momento adecuado.

Dicen los amigos de Enrique que son también toreros que los hijos «tiran mucho de los machos». »Pero ahora que Enrique ha logrado ya todas sus metas profesionales, la verdad es que la ilusión de nuestra vida y nuestro mayor sueño es tener tres o cuatro niños y estar con ellos en el campo, y disfrutar de la cosecha de todo el sacrificio de todos estos años. Creemos que ahora ya ha llegado el momento.
—¿Tienen ya esos niños una habitación esperando a que vengan?
—La verdad es que la tienen desde que nos casamos, hace ocho años, y cuando enseñamos la casa a los amigos, ya nos da la risa.
—Te hago, Paloma, la misma pregunta que a Enrique. ¿Qué cosas te gustaría que heredaran vuestros hijos de su padre?
—Me gustaría que heredaran la calidad humana que él atesora, ese brillo que él tiene en el alma, esa pureza de espíritu, esa grandeza de corazón. El ha sido, para mí, como un espejo en el que siempre me he mirado para poder ser cada día mejor persona, y me gustaría que ellos fueran un fiel reflejo de su padre. Enrique Ponce es valentía, coraje, pasión y vida. Una vida que se valora más porque puede escaparse en cualquier momento y que hay que agarrarla como al toro, por los cuernos. Nos dice: «Yo creo que los toreros, en general, valoramos la vida muchísimo, y la vivimos también con intensidad. Se pasa mucho miedo y se hacen muchos sacrificios. La gente sólo ve lo que hay en la plaza, pero detrás de todo eso hay todo un mundo. Un mundo de sacrificio, de entrenamiento, de preparación física y mental, porque sabes que te vas a jugar la vida cada tarde».

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