Carmen Martínez-Bordíu: 'La Reina me ha llamado para felicitarme por la boda de mi hijo'

’No llores, no llores, no llores’
—Dices que estuviste abstraída durante la ceremonia. Explícanoslo un poco más.
—Estaba enormemente emocionada, y voy a explicar por qué. María Margarita es una persona muy emotiva, y cuando se probó por primera vez el traje y el velo de novia, rompió a llorar. Entonces, José Víctor y José Luis (Victorio y Lucchino) no paraban de decirle: «Tú ese día no llores, no llores, no llores». Por eso, en la boda vi que María Margarita no lloraba y me dije: «¿Voy a llorar yo? Vamos, a mí no se me cae una lágrima». Entonces, para poder contener la emoción tan sumamente grande que sentía que tenía, dije: «Me tengo que evadir, no tengo que pensar en todo lo que está ocurriendo». Y lo conseguí, porque he aprendido a marcharme, a irme muy lejos con mi pensamiento. Había además un huequecito por donde yo veía el cielo y, como viendo las estrellas, pensaba en mis seres queridos que no estaban, como Fran, mi otro hijo, que le hubiera gustado estar allí; pensaba también en mi padre, que se sentiría feliz a nuestro lado; pensaba en mi abuela, y, por supuesto, pensaba también en Alfonso, el padre de Luis, y, a la vez, me decía: «¡Qué orgulloso y qué feliz debe estar viendo a su hijo!».
—Por cierto, en la boda estuvo Constanza de Habsburgo, la mujer con la que pensaba casarse Alfonso, tu ex marido.
—Sí, Constanza estuvo. Y su marido, el príncipe Franz Auesperg Trauston, fue testigo por parte del novio.
—¿La conocías, hablaste con ella?
—Sólo la conocía de fotos. Y sé que ella quería saludarme, pero, al final, fue imposible, no nos encontramos. Hay que tener en cuenta que éramos mil quinientas personas y que yo incluso perdí a Roberto, perdí a mi madre...

’Los nervios los pasé antes’
—No lloraste en la boda, pero la pasada semana nos dijiste que el día anterior sí lo hiciste, y mucho.
—La víspera de la boda me pasé la mañana entera llorando.
—¿Estabas nerviosa o tranquila los momentos antes de la boda?
—Yo todos los nervios los pasé antes. Pero cuando entré del brazo de mi hijo, lo hice con una satisfacción enorme. No sé cómo explicarlo, pero no estaba nada nerviosa.
—¿Y Luis Alfonso?
—Luis estaba tranquilísimo. Hasta el punto de que, antes del momento en que nos dijeron que teníamos que entrar en la iglesia, y mientras los invitados estaban ya todos ocupando sus sitios, estábamos los dos muertos de risa paseando de arriba abajo por una especie de alfombra y ensayando la entrada para no equivocarnos... y para que yo no me diera un traspié, ya que llevaba un traje muy complicado.

Una notable ausencia
—Carmen, no asistió nadie de la Familia Real.
—Nadie. Yo recibí, a título personal y privado, una nota muy cariñosa de Jaime de Marichalar, del que soy amiga desde hace mucho tiempo. Me consta que Jaime me quiere mucho, lo mismo que yo le quiero a él, y sé también que le tiene un gran afecto a Luis. En la nota, Jaime nos decía que no podía asistir a la boda.
—Pero la Casa Real respondió, al parecer, diciendo que no podían asistir porque tenían compromisos oficiales esos días.
—De la Casa Real llegó una carta urgente para Luis Alfonso, que yo recibí cuando estaba desayunando el martes día dos, poco antes de que saliéramos para la República Dominicana. Entonces yo, que sé que en un caso así puedo abrir el correo de mi hijo (él ya estaba en La Romana), abrí la carta, y en ella, el jefe de la Casa de Su Majestad el Rey le decía a Luis Alfonso que Sus Majestades no podrían asistir, a la vez que, en nombre de ellos y en el suyo propio, felicitaba a los novios.
—¿Los príncipes de Asturias y las infantas también estaban invitados?
—¡Cómo no iban a estar invitados! Son primos de mi hijo.
—Pero se dijo que tú llamaste también a la Reina doña Sofía.
—Es que ese mismo día en que nos íbamos a la República Dominicana era el cumpleaños de la Reina, y mi madre y yo la llamamos para felicitarla. Pero doña Sofía se encontraba en Siria.
—¿Sueles felicitar siempre a la Reina por su cumpleaños?
—No. Lo hice en una o dos ocasiones, ya que, por lo general, suelo estar fuera de España y es más difícil llamar, pero ese día, cuando llegó la carta, estaba leyendo el periódico mientras desayunaba, y al enterarme de que era el cumpleaños de la Reina, me dije: «La felicito y aprovecho para decirle que ya sé que no va a poder venir nadie a la boda». Y hace un par de días, doña Sofía me ha llamado para darme la enhorabuena y me preguntó cómo había ido todo. Se lo agradecí y le dije que Víctor Vargas había dado, como todo padre, lo mejor que una hija pudiera soñar, y como los medios de este señor son inmensos, pues solamente la gente que estuvo allí conoce en su justa medida lo que fue la boda.
—Como sabrías después, la Familia Real tuvo esos días una intensa actividad en Barcelona. ¿Te dolió que no pudieran ir a la boda?
—Los que tenían que estar, estaban. No echamos de menos a nadie. Lo único que me importa, y lo digo y lo puedes poner con letras grandes, subrayadas, en negro, en rojo, en colorines, como quieras, lo único, digo, que me importa es la felicidad de Luis. El lo que quería era casarse con María Margarita, y se lo ha pasado en su boda como nadie. Se lo ha pasado tan bien que ha estado hasta las siete de la mañana bailando con su mujer, que es lo que él quería, y envuelto en felicidad, con toda la gente que le quiere, con sus amigos. Y sin ningún tipo de protocolo, sin ningún tipo de compromiso, pasándoselo bien y disfrutando de la mejor boda que cualquier padre puede organizarle, con los medios que puede, a su hija. Porque creo que cualquier padre que quiera a una hija suya le da el máximo. Y este señor, mi consuegro, como tiene los medios suficientes para darle el máximo, pues se lo ha dado, y de ello hemos disfrutado todos los que estábamos allí. No tienes más que hablar con la gente que ha ido.

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