Antonia dell'Atte: "La sentencia me ha devuelto mi dignidad"

Difícil imaginar que estuviera pasando por un calvario. A usted siempre se la ha visto optimista y alegre.
Sólo había que mirarme un momento a los ojos para entender que era una mujer que usaba la sonrisa frente a la adversidad. El camino ha sido largo y doloroso, pero como dice el refrán, el tiempo pone cada cosa en su lugar y la vida, finalmente, me ha recompensado.

¿Nunca se sintió culpable de nada de lo que pudo pasar en su matrimonio?
¿Culpable de qué? De lo único que me sentí responsable es de haberme dejado engañar tan fácilmente. De no haber visto que me estaba casando con dos hombres y que uno de ellos estaba enfermo. Cuando conocí a Alessandro Lequio en Milán se presentó ante mí con cara de ángel. Espero que no suene petulante pero él, entonces, era un completo desconocido y yo, la imagen mundial de Armani. Durante los meses de cortejo me dijo cosas únicas y me hizo sentir muy especial haciendo especial hincapié en mis valores. Decía emocionarle lo ligada que yo estaba con mi familia, que mandara lo que ganaba a los míos, y que siendo tan alegre y divertida no fuera una persona superficial. Yo pensaba; mira que hombre tan elegante y tan profundo. Me había casado embarazada, creíamos en el amor, en la familia y ambos deseábamos a ese bebé que venía en camino. O eso creí yo.

El diablo me sedujo, después de haber obtenido toda la información sobre mi vida, y yo caí en la trampa. Y así, tal y como sucede en algunas películas, el mismo día de nuestra boda me dijo: "Ahora eres mía y harás lo que yo te diga". Me sorprendió su comentario pero no le di más importancia. Nada más volver de nuestra luna de miel descubrí, sin embargo, a un hombre de carácter violento. La primera gran lección de mi matrimonio: "A partir de ahora sólo eres Antonia Lequio".

Y, ¿por qué no lo abandonó?
¿Cree que no lo intenté? Le pedí el divorcio mil veces, pero yo "era suya" y no tenía ningún derecho sobre mi vida. Todo era tan arbitrario, cualquier cosa le hacía estallar.

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