Antonia dell'Atte: "La sentencia me ha devuelto mi dignidad"

Eso significa que tiene la conciencia tranquila.
Muy tranquila. Aunque, su objetivo fue pisarme como si fuera un bicho y convencer a todo el mundo de que yo era una loca despechada, yo me mantuve en silencio durante años. Me dolía tremendamente lo que se decía de mí, pero yo seguía callada. Creo que eso es darle muchas oportunidades a alguien que no se ha portado bien, ¿no cree? Me hubiera gustado, por supuesto, que todo hubiera quedado entre nosotros el día que se fue de casa. Yo le hubiera perdonado porque conozco el perdón. Sí, hubiera bastado una frase de Alessandro Lequio para zanjar el tema: "Nunca he sido capaz de hacerte feliz y te he hecho daño. Eres la madre de mi hijo y te voy a respetar". Sólo eso, y nadie hubiera sabido lo que sucedió realmente durante mi matrimonio porque, de verdad, viví la separación como una liberación. De hecho, no fue hasta algún tiempo después, cuando se llevó todos los muebles y volvía sobre sus pasos para seguir dando patadas a las puertas, cuando tuve el coraje de ir a denunciarlo.

Encontrarse con una casa vacía no debe ser agradable pero, ¿por qué le da tanta importancia al hecho de que el señor Lequio se llevara sus pertenencias?
Porque él pensó que llevándoselos no dejaba pruebas tras de sí y efectivamente se las llevó todas, excepto algunas cartas muy comprometidas para él que yo había guardado, sin malicia alguna, en una vieja caja con peluches y cuadernos; y porque aquel detalle fue suficiente para saber con qué tipo de persona se iba a vivir. Otra mujer en la situación de Ana Obregón hubiera actuado de forma diferente. No olvidemos que dejaba nuestro hijo a mi cargo, que no teníamos familia, que no dominábamos el castellano, que yo no tenía trabajo porque él se encargó, por las malas, de que fuera rompiendo con lo que había sido mi vida... Sí, fue entonces cuando tuve el coraje de ir a denunciarlo.

Una denuncia que no fue ratificada.
No la ratifiqué porque su abuela, la infanta Beatriz, me pidió que no lo hiciera. "Se ha ido de casa, tiene otra mujer, ahora, te dejará en paz", me dijo.

Pero no fue así.
Por desgracia, no. Aún así, me armé de paciencia y esperé a que se hiciera justicia. Pero Justicia de la de verdad. De la que no se puede manipular. No me hubiera valido de nada llevar las pruebas hasta la pequeña pantalla; haber apoyado mi caso en un juicio público desde un plató de televisión. ¿O usted cree que no me han tentado ofreciéndome grandes sumas de dinero para comprar "las pruebas acusatorias"? A mí y a mi hijo también nos hubiera venido muy bien cobrar un extra, pero no esa clase de dinero.

Con pocos ingresos, y encima, difamada. No debió de ser fácil.
Con pocos ingresos, no. Con hambre. El daño ha sido doble. Por un lado, lo vivido como mujer de Lequio. Por otro, el daño social. Ha habido muchas personas que no han respetado el dolor, la verdad que yo conté. Por eso me fui. No podía soportar que se hablara de mí. Finalmente, esta parte ha quedado resuelta. Aunque no lo que él me hizo. El dolor todavía está ahí instalado. Cada vez que recuerdo lo que he vivido lloro y eso significa que no estoy curada.

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