El doctor Iglesias Puga y su esposa, fotografiados por primera vez con su hijo

—¿Y de dónde sacaba el tiempo para ligar?
Por la tarde, de ocho a diez. Había sitios muy famosos. Eran bailes de salón, donde iban modistillas o chicas que ahora llaman ejecutivas.

—¿Sólo bailar?
Es que no era tan fácil algo más. Con las chicas de entonces no aspirabas más que a bailar. Ni ellas podían ni a mí me apetecía. Me gustaba bailar. Yo era un Fred Astaire.

’Siempre me han querido’
—¿Por qué cree usted que le quiere tanto la gente?
Siempre me han querido. Porque en un momento dado yo hice la revolución en la Medicina en España, al crear la Maternidad de la calle O’Donnell, ésa que ha tirado Gallardón para hacer un edificio nuevo; no sé por qué, podían haberlo remodelado, era maravilloso. De las antiguas salas, con treinta o cuarenta camas, conseguí que las mujeres pasaran a habitaciones de dos camas, muy confortables, con su cuarto de baño propio. Y sin pagar un céntimo, aunque había una parte privada que servía para subvencionar los gastos del resto de los servicios. Pero era prácticamente lo mismo. Era la Maternidad más moderna de Europa, el orgullo de España entera. Yo llevé a la práctica la idea de que ante la maternidad, no podía distinguirse a la mujer rica de la pobre. Todas tenían los mismos derechos y la misma asistencia. Y así fue.

—Pero a usted no le gustaban los partos.
Es una especialidad muy sacrificada, te quitaba mucha libertad para vacaciones y para todo, pero cuando asistí a alguno o he operado, esos minutos previos en que te lavas las manos, los he pasado rezando. El destino de esa mujer estaba en mis manos, y eso me impone mucho.

’No tuve valor’
—Sin embargo, todos sus nietos han nacido con su ayuda.
Estuve en el nacimiento de todos ellos. Y cuando nacieron los hijos de Miranda estaba allí con ella cogiéndole la mano. Yo no le podía faltar a Miranda.

—En cambio, ahora, se perdió el nacimiento del pequeño Jaime.
No tuve valor, me daba miedo entrometerme en algo que estaba haciendo el médico y decirle que hiciera eso o aquello. No me parecía bien.

—¿Qué sintió cuando lo tuvo en brazos?
¡Es tan distinto tener un hijo a los veintiséis años a tenerlo a los ochenta y nueve! Ahora le ves crecer y te fijas mucho más, con más intensidad. Cómo mueve las manos o las piernas... Tener un hijo a mi edad no se puede describir. Es un acto de alegría verle cada día. Y yo me digo: ¿Será posible que este niño sea mío? Nada me gustaría más que vivir más años para estar al lado de mi niño. ¡Jo!, lo que sería eso. Yo sólo le pido a la vida que me de más vida. Lo demás no me interesa.

’Se lo debía a mi mujer’
—¿Por qué ha querido ser padre a estas alturas de su vida?
Mi mujer lo quería y yo se lo debía. Es un acto de generosidad hacia ella. Le dejo descendencia para que se acuerde siempre de mí, que sepa que lo que hay ahí... Le dejo parte de mi sangre, de mi vida. La necesito tanto, que le dije: ‘Toma, es lo que querías para el tiempo que venga cuando yo me muera’.

-¿Qué quiere para él cuando sea grande?
Que tenga mucha voluntad, que sea honesto. ¿De profesión? Lo que le guste y que lo ejerza con cariño y se porte bien con los demás. Su madre y yo estamos de acuerdo en que sea educado en España. La educación aquí es infinitamente mejor que en Estados Unidos.

—¿Qué le enamoró de Ronna, su mujer?
Yo, más que enamorado, a Ronna la quiero muchísimo. El enamoramiento es a los veinticinco años o así. Luego está el querer. A Ronna la necesito, me es imprescindible para vivir. La quiero para, cuando me muera, que ella esté a mi lado antes que nadie. No podría estar sin ella, me falta algo.

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