El doctor Iglesias Puga y su esposa, fotografiados por primera vez con su hijo

La casa madrileña de Julio Iglesias Puga y su mujer, Ronna, está llena de actividad. El matrimonio ha vuelto a Madrid después de unas largas vacaciones en la finca que Julio Iglesias tiene en Ojén, en lo alto de Marbella. Mientras Ronna hace algunas compras para poner la casa al día, el doctor espera a que acabe el baño de su tercer hijo, Jaime, que nació hace cuatro meses en Jacksonville, la ciudad norteamericana donde vive la familia de Ronna. Jaime, de cuatro meses; su padre, de ochenta y nueve años. Un milagro de la ciencia, de la vida y del amor.
El niño tiene la piel muy blanca y los ojos claros. Es guapo, tranquilo y despierto. ‘Es igual que Julio cuando era pequeño’, asegura su orgulloso padre, que confiesa: ‘La gente joven de diecisiete años me mira con cariño por la calle y me saluda. Me tienen asustado, porque me dan abrazos, ¿será posible? Me ven mayor con un niño pequeñín, lo ven simpático...’.
Y es que el doctor Iglesias es un personaje popular y entrañable, que cae bien a todo el mundo.

’No me importa que me imiten’
—¿Le molesta que le llamen ‘papuchi’?
No, me encanta, y no me importa que me imiten. Porque no tengo defectos gordos ni he hecho nada malo en la vida, no he robado ni he mentido. No soy avaro, soy correcto, honesto. El resto no tiene importancia.

—Le encuentro en plena forma, doctor.
Es que me cuido. En Miami nado cada día. En Madrid, camino una hora. Si no ando y si no me doy una buena ducha con agua caliente, no me encuentro bien.

—Este piso está en el edificio donde vivían Isabel Preysler y Julio Iglesias, ¿qué recuerdos le trae?
Ellos estaban en el piso de arriba. Y allí iba yo cada noche, sobre las nueve y media, para hacerle compañía a Isabel que se sentía muy sola. Yo a Isabel la quiero mucho, es una buena chica.

’Ella no lo aceptó’
—¿Usted también era un marido muy ocupado?
Yo a mi mujer, que era guapísima, le daba todo lo que quería. El chófer, el coche... Iban a El Corte Inglés de Preciados y los recibía don Ramón Areces en persona, que era el dueño. Yo la dejaba sola únicamente cuando me iba a París a alguna convención, y de paso, me divertía un poco. He sido un poco alegre.

—Alegre y algo pillín, doctor.
¡Hombre!, pero buena persona con mi mujer. La quería mucho y le tenía un gran respeto. Hasta el punto que, cuando iba a Miami, iba a verla siempre, siempre, siempre.

—Cuando ella se murió, ¿tenían ustedes buenas relaciones?
Sí. Una mujer con un marido un poco alegre te tiene cariño ,siempre me lo ha tenido, pero le queda esa cosa...

—Resentimiento.
Claro. ¿Cómo no, si ve que el hombre que tiene al lado la engaña? Yo estaba enamoradísimo de mi mujer, pero no podía remediar lo que me gustaban las señoras. Entonces ella no lo aceptó y yo lo comprendo, pero la seguía queriendo igual.

’Yo era un Fred Astaire’
—¿Qué veían en usted las mujeres para tener tanto éxito?
En aquel tiempo, a mí me llamaban ‘El Principito’. Era guapo, simpático, doctor en Medicina, doctor ‘cum laude’. Extravertido, con buen carácter, muy buen bailarín, me encantaba. Trabajador ,mi mejor cualidad, y bien organizado. Trabajaba en varios sitios, operaba, comía. A las cuatro siempre iba a nadar o a jugar al tenis. Primero, el trabajo; luego, el ejercicio. Tenía tiempo para todo. Hasta para estudiar. He ganado nueve oposiciones a plazas del Estado. Mi hijo Julio dice que me recuerda siempre estudiando al amanecer, cuando todavía era de noche.

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