Belén Ordoñéz habla por primera vez tras la muerte de su hermana Carmen

ESTUVO EN TÁNGER
—A Marrakech has venido a descansar y a aislarte del ambiente mediático de España. Pero también has estado en Tánger estos días.
—Sí. En Tánger tenía mi hermana un piso alquilado y los niños han dejado en mis manos absolutamente todo. Son, por cierto, unos chicos que no son nada ambiciosos y que, muerta su madre, no han peleado por nada. Cada uno cogió unas fotos de Carmen y cuatro cacharrillos de ella que les gustaban. Y todo lo demás lo han puesto en mis manos y me han dicho que me ocupara yo de todo.

—¿Por qué vivía últimamente en Tánger?
—Porque está más cerca de España que Marrakech. Hay avión directo y también un barco que llega en muy poco tiempo.

—¿Ya te has hecho cargo de todas las cosas del piso de Tánger?
—Todavía no. He estado allí para arreglar algunos asuntos, pero tengo que volver otra vez.

CARMEN, EN EL RECUERDO
—¿Cómo vas a recordar siempre a Carmen?
—Como el ser al que más he querido en el mundo. Era todo para mí. Rompe de nuevo a llorar, cierra los ojos, se muerde los labios, se rehace y prosigue: —La recordaré en todos los momentos, desde que éramos pequeñas, las dos enfermas con gripe, cada una en su camita. La recuerdo en el campo montando a caballo, en las cenas de Nochebuena. La recuerdo —y recordaré— por lo mucho que me he reído con ella, porque tenía un sentido del humor increíble y muy fino. Jamás la podré olvidar. Es algo que no superaré: lo sobrellevaré, pero no lo superaré.

—Por cierto, en vuestras vidas hubo, si se quiere, un cierto paralelismo en cuanto a relaciones, bodas, separaciones y rupturas se refiere, ¿no crees?
—¡Claro que lo creo! ¿Cómo no lo voy a creer si, en ese aspecto, hemos sido como gemelas? Te digo una cosa: a lo mejor, en pocos meses me toca irme a mí, porque, desde siempre, le pasaba a una de las dos una cosa y a los seis meses eso mismo le sucedía a la otra. Toda la vida nos ha pasado lo mismo: se separaba una y detrás la otra; una se casaba y a los pocos meses la otra se casaba también. Por eso nos entendíamos mejor que nadie y que con nadie.

—Como final, Belén: ¿te gustaría pedir algo para tu hermana a la gente, a nuestros lectores, a los medios de comunicación...?
—Respeto. Que la dejen descansar. Que no se inventen más cosas ya. Que no se sigan permitiendo algunos la libertad de hablar de todo, cuando no tienen fundamento ni causa ni nada. Y les diría a todos que mi hermana ha sido una gran persona y una gran desconocida. Todo lo dicho es lo que quiero pedir para mi hermana, para mi familia y para toda la gente que se siente vendida, seguida y perseguida. No se puede consentir el punto hasta el que se ha llegado. Digo todo esto para honrar a mi hermana.

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