Belén Ordoñéz habla por primera vez tras la muerte de su hermana Carmen

’VIVIO COMO LA HAN DEJADO’
—¿Crees que últimamente se sentía sola?
—En el fondo solos nos sentimos todos muchas veces. Por otra parte, ya se sabe que, en ocasiones, es mejor estar solo que mal acompañado. Ella vivía sola con la chica que trabajaba en la casa. Y claro que tendría momentos de soledad. Como yo los tengo muchísimas veces. Eso es, por otra parte, algo con lo que hay que aprender a vivir.

—¿Se puede decir que Carmen vivió como quiso?
—Ha vivido como la han dejado. Como la han dejado vivir. Pese a que la gente se crea que nosotras hemos hecho siempre lo que nos ha dado la gana y que hemos sido unas mimadas y unas consentidas.

—Mimadas si parece que lo fuisteis, ¿no?
—Nuestros padres nos han mimado, pero también nos habían impuesto una disciplina, unos horarios. Queríamos ir a un sitio, y si decían que no, pues nos quedábamos en casa.

—Y dirás también que no tuvo suerte en la vida.
—Sí tuvo suerte. ¡Claro que la tuvo! No se puede decir lo contrario, aunque, eso sí, estos últimos años fueron muy duros y muy desagradables para ella, porque fue como si hubiera caído en manos de un Tribunal de la Inquisición, que lo que quería era quemarla. Pero repito que, a pesar de todo, tuvo suerte porque ha tenido unos hijos estupendos, ha tenido momentos de muchísima felicidad, nos hemos divertido mucho, hemos conocido a gente muy importante.

—Tenía además belleza, dinero (aunque le durara siempre muy poco).
—Tenía belleza. Y dinero, gracias a Dios, no nos ha faltado nunca para comer ni para nada. Quien no tiene suerte es la pobre chica o la pobre mujer del Tercer Mundo —también en el nuestro hay muchas— que no pueden aspirar a nada. Repito que Carmen tuvo suerte y fue feliz muchas veces, y además era una persona que se lo merecía.

—Tenía fama de caprichosa.
—Un poco caprichosa sí que era. Pero no excesivamente. Lo que sí era mi hermana es una mujer realista, tenía los pies en la tierra.

—¿Realista has dicho?
—Sí, sí. Sabía muy bien lo que quería. Lo que sucede es que después se cargaron mucho las tintas en lo contrario.

—Pero cuidarse, aparentemente al menos, no se cuidaba mucho: trasnochaba, su nombre era como sinónimo de saraos, de fiestas que se prolongaban hasta el día siguiente.
—Bueno, en los dos últimos «rocíos» ni estuvo, ni los dos últimos años en la Semana Santa ni en la Feria de Sevilla. Sencillamente no se encontraba con fuerzas y no fue. No te creas que estaba todas las noches por ahí de fiesta. Mi hermana se acostaba muchas veces a las nueve y media o a las diez, porque, además, le gustaba cenar pronto.

—Pero ¡si no podía dormir, Belén!
—No podía, pero cenaba prontito, se tomaba sus pastillas, se acostaba y dormía. Y a las diez de la mañana se levantaba, iba al mercado, a El Corte Inglés y a hacer las cosas que tenía que hacer.

—¡Lo que es la vida, Belén! ¿No crees que la de Carmen hubiera sido totalmente diferente si no hubiera salido mal su matrimonio con Paquirri? —¡Quién sabe! ¿Quién puede saber eso? No le salió bien, pues porque no tenía que salir. Yo creo que la vida de cada cual está marcada: es el destino, es Dios.

—Mujer, ¿no crees que mejor que mezclar a Dios en los errores, lo que se debe hacer es asumirlos?
—Yo digo que es el destino y que a cada uno nos pasa todo lo que nos tiene que pasar.

—¿Y dónde está la libertad para elegir, para decidir?
—Pero también tienes esa misma libertad para equivocarte.

—¿Carmen se equivocó?
—Como todos. ¿No nos equivocamos todos alguna vez?

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