Belén Ordoñéz habla por primera vez tras la muerte de su hermana Carmen

LA NOCHE DE SU MUERTE...
—¿Cuándo habías visto a tu hermana viva la última vez?
—Una semana antes. Ella llegaba de Tánger a empezar su programa de televisión. Pero nos estábamos hablando continuamente por teléfono. Además, la última llamada que hizo mi hermana la noche de su muerte fue a mí. Y estuvimos como una hora hablando. Al final, quedamos para vernos al día siguiente.

—¿Cómo la viste esa noche: cansada, desanimada, deprimida...?
—Nada de eso. Para nada. Como la vi fue encantada. Estaba muy ilusionada con su programa en Telecinco. Y estaba muy bien.

—Pues se comentó que estaba desilusionada con algunos, porque, al parecer, le habían fallado. ¿No te dio a entender nada de eso?
—¿Que la habían qué? Es que yo no he visto en todo este tiempo la televisión, ni he leído nada...

—... Decepcionado algunos amigos.
—No. Nada de eso. Es que se han dicho tantas cosas que son mentira... Algunos parece que lo saben todo y la verdad es que qué sabe la gente realmente de la intimidad de una persona. Es que es imposible, porque habría que ser adivino. Pero les da lo mismo: si no se sabe, se inventa.

—Tu hermana daba la sensación de que amaba la vida y la quería vivir a tope.
—Carmen amaba totalmente la vida. Y la vivía a tope... aparentemente. Mi hermana es (perdón, era: se me escapa el presente porque... ¡la tengo tan presente!). Digo que mi hermana era una persona a la que yo llamaba «la libre prisionera». Porque era prisionera de muchísimas cosas y vivía la vida que podía vivir. Pero tal vez no todo lo que ella hubiera querido vivir.

—¿Prisionera de quién o de qué, Belén?
—De muchísimas cosas, repito. Estaba condicionada por todo lo que sucedió estos últimos años, en los que se han dicho muchísimas barbaridades de ella, y eso ha sido horrible para mi hermana. Le han hecho mucho daño, y todo eso condiciona mucho.

—Pero daba la sensación de que se lo echaba todo a la espalda.
—Se lo echaba a la espalda aparentemente. Sin embargo, en su corazón lo guardaba todo. Por eso le ha estallado. Y porque tenía mucha pena. (De nuevo las lágrimas inundan las palabras de Belén Ordóñez. Después, una vez repuesta, proseguimos la entrevista.)

—¿Qué crees que le pasó?
—Pues que le llegó su momento. Todos tenemos un momento de llegar y otro de irnos. No sabemos ni cuál es el de irnos ni tampoco el de llegar, porque tu madre sale de cuentas, por ejemplo, el quince y a lo mejor tú naces el veintitrés. Es decir: no sabes el día que te va a tocar. Y, desgraciadamente, el viernes veintitrés de julio era el día de mi hermana.

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