Belén Ordoñéz habla por primera vez tras la muerte de su hermana Carmen

—Todo sucedió inesperadamente aquel viernes, Belén...
—Sí, el pasado veintitrés de julio. Yo estaba en Madrid. Había quedado con mi hermana para vernos hacia el mediodía. Volvía a mi casa a dejar unas cosas que había salido a comprar, y cuando llegué, me dieron la noticia.

—¿Quién te la dio?
—Mi hija, que, aunque vive en Barcelona, donde está estudiando, había ido a Madrid a pasar unos días conmigo. La llamaron y ella me lo dijo a mí. Se echa de nuevo a llorar y nosotros intentamos distraer su atención.

—Por cierto, tu hija es una chica muy discreta, vive alejada de todo este vendaval sobrevenido con la muerte de tu hermana...
—Sí, gracias a Dios es así. Está alejada de todo esto... y hasta de mí. Pero, bueno, ella está feliz con sus estudios de cinematografía, y, por cierto, los lleva muy bien. La gente joven quiere su libertad, ya sabes.

—Pero no es como para decir que esté alejada de ti, Belén.
—Es un decir, ya lo sé. Nos hablamos muchísimo por teléfono. Muchísimo. Y nos adoramos.

—¿Quién llamó para daros la noticia?
—Un buen amigo de la familia. Prefirió llamar a mi hija. Pensó que era mejor que fuera ella quien me la diera. Total, que llego a casa... y me llevo el batacazo. Mi hija solamente me dijo: ‘Mamá, siéntate, porque la "tita" (así llamamos desde siempre y familiarmente a mi hermana). Y nada más decirme eso, ya dije: ‘Se ha muerto’. Mi hija añadió: ‘Pues sí’. A mí no se me pasó por la cabeza ni que la hubiese atropellado un coche y estuviese grave, ni que le hubiese dado algo y la hubieran internado... ‘Se ha muerto». Fue lo que dije, lo que directamente se me vino a la cabeza. Y lo que fue.

—¿Es que acaso habías temido un final así —tal como el que tuvo— para tu hermana?
—No. Yo toda mi vida había pensado que me iba a morir antes que ella, pues... por mi enfermedad, por mis cosas. Pero que se podía morir mi hermana no lo había pensado nunca en mi vida. (Nuevamente las palabras de Belén quedan ahogadas por el llanto.)

—Cuando tu hija te dice: «Pues sí», ¿qué dijiste o qué hiciste? ¿Saliste corriendo inmediatamente para casa de Carmen o te quedaste paralizada?
—En un principio me volví como loca, porque no podía llorar. Solamente gritaba: «¡No, no, no!» mientras iba corriendo de un lado a otro por la casa, me daba golpes y me pegaba guantazos... No entendía nada. Pedimos después un taxi y nos fuimos rápidamente para allá. Y fue ya en el taxi cuando pude romper a llorar, porque hasta entonces estaba completamente en una especie de estado de ‘shock’.

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