Si le llevaba la contraria en algo,iba al armario donde tenía la pistola,la cogía y decía algo que todavía hoy me estremece recordar: —Yo lo que tengo que hacer es quitarme de en medio. Esto que cuento no quiero que se interprete,en ningún momento,como que a estas alturas hablo mal de quien fue mi marido.Simplemente expongo una característica de su personalidad.Incluso creo que esas cosas no las decía para asustarme a mí,sino que las soltaba porque realmente dentro de él había una parte que rechazaba esa manera de ser.Y digo que sería verdad lo que decía aquella continua amenaza,porque,de hecho,un día lo hizo. Además de la educación de la época,es posible que mi marido fuera producto de muchas cosas. Para empezar,tenía que haber dado con una mujer que no fuera yo.A los dos nos unía mucho el trabajo.Ese era el territorio común y el lugar en el que,como ya he relatado,nos conocimos. Como entonces se llevaban los noviazgos largos,estuvimos cortejando siete años,demasiado tiempo para que las cosas no se deterioraran,como así ocurrió.Pero,claro, José María ya era mi novio de toda la vida,y en esa época tú no podías tener muchos aspirantes,muchos pretendientes... Yo me siento satisfecha de haber compartido con él siete años de noviazgo y diecisiete de matrimonio.Quizá en otra época,otra mujer que no fuera yo,independiente económicamente como era mi caso,a lo mejor se hubiera separado antes de él.Yo no lo hice. Tenía dos motivos:mis hijas y que no quería hacerle daño.Pero llega un momento en la vida en que las cosas se plantean en el sentido de «tú o yo ».Yo creía que ya había dado suficiente y que tenía derecho a vivir la vida,mi vida. Mi matrimonio no había sido feliz.Estaba marcado en buena medida por la mala información sexual y ese tipo de cuestiones. Yo ya estaba asentada en Madrid y veía a José María cada vez que iba a Málaga.Nunca le pude decir que me quería separar legalmente,porque eso no era posible.Así que,bueno,vivíamos una situación de hecho,que no de derecho. Llevaba tres años y medio en Madrid cuando una noche,después de hacer en la radio «Apueste por una »,me fui a cenar y llegué tarde a casa.En ese momento suena el teléfono.Era mi compañera Angeles Macua.Me dice que llame en seguida a mi casa,a Málaga, que me tienen que decir una cosa. A mí me da un ataque de nervios, porque mis hijas estaban allí y pensé que habían sufrido un accidente.Empecé a gritar y a preguntar a voces:«¿Qué ha pasado,qué ha pasado?». —¡Dime lo que pasa!—le rogué,angustiada,a Angeles. Y me dijo: —Tu marido se ha pegado un tiro. Yo estaba sola en casa y me fui, literalmente,dando golpes por el pasillo contra las paredes.Sólo acertaba a decir una cosa: —¡Lo ha hecho,lo ha hecho!, porque yo había vivido a su lado esa amenaza constante.La amenaza que en un momento determinado pensé que no era justo que paralizara mi vida,que tenía derecho como cualquiera a rehacer mi historia personal después de no haber sido feliz con esa persona en los veinticuatro años que estuvimos juntos.Estoy convencida de que si él hubiera encontrado a otra mujer,hubiera vivido menos tiempo,porque le habría dejado antes.Me refiero a una mujer de mis características.

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