¡Adiós Mariam, adiós!

Lo había dicho muchas veces en aquellos días, para ella angustiosos, de la radio y la televisión, de los periódicos, la «quimio», el verde helador de los quirófanos, la cabeza desnuda, querida Mariam, abogada de oficio, periodista de vocación, dos veces madre.

Me dicen que un día le dijeron: —Tiene usted veinte días de vida, joven...
Pero ella se echó el mundo a la espalda, la mochila del esfuerzo.
Sonrió a la vida,su cruz al cuello siempre, y aseguró valiente, leona de Avila, castellana de piedra y aguante:
—Ya veremos, ya veremos.

Once años, once, habitada por lo que nunca pierde, pero ella sin perder la sonrisa. En lo que ya es su propia leyenda, cuenta Lucía Méndez, en el emocionado obituario de hoy mismo en «El Mundo »,que una enfermera de la Universidad de Navarra le dijo un día:
—Mariam,¿sabes una cosa?, que Dios, a vosotros,l os Suárez, no es que os prueba, os mastica.
Nunca le faltó la fe. Me gustaba su sonrisa, como de andar por la vida, una brizna de humor, como quien va de paso por el filo de la navaja de lo que nunca pierde. Todos los periódicos, todos, hablan hoy de aquella muchacha alta, fuerte, que te miraba a los ojos cuando te hablaba.

Nunca quiso dramatizar, incluso aunque durante algún tiempo no se atrevió a mirarse al espejo. Y cuando pudo hacerlo,«parecía la teniente Ripley en la última entrega de "Alien "».

¡Adiós, Mariam, adiós!. Abro el libro, tu libro, del que se han vendido, dicen, más de doscientos mil ejemplares, y encuentro lo que subrayé con mano emocionada hace un par de años. El perfil rotundo, y la brava contadora de su propia historia, se hace gigante en este momento en que escribo. Incluso cuando espero que llegue el cuerpo con dos tiros en el pecho de nuestro compañero de Antena 3 Televisión, en Puerto Príncipe muerto en acto de servicio, Ricardo Ortega, y la enorme muerte de Mariam, me sobrecoge, me machaca, pero a la par me endereza, me fascina. Aquello de:
—Al fin y al cabo, si me voy, los que van a sufrir de verdad son los que se quedan.
A veces llevaba unos pendientes en forma de corazón. Busco en el audio libro su propia palabra y recuerdo que le escribí una carta una noche en Onda Cero,«en la mano que mece la luna »,de Cebrián. Me llamó para agradecérmelo, lo que nadie hace nunca:
—Qué cosa tan bonita has escrito de mí...,pero ya sabes que no quiero convertirme en una estrella del cáncer.

Sus hijos, cerca. Se despidió de todos. Fuerte Mariam, el resplandor del ascua, siempre,en este efímero universo de brillos falsos, más viva hoy que nunca también. Amparo no la desamparó jamás. El duque, quebrado, inconsolable. «Ha dejado de sufrir »,dicen los que de ella no recibieron jamás otro regalo que el de su entrega. Es fácil escribir de los que se han ido y a estas «edades del hombre » en las que me muevo, uno se va llenando, lo digo siempre, de despedidas. Azaleas de la palabra para esta compañera ejemplar, tan rota por dentro, pero tan entera por fuera. ¡Adiós, Mariam, adiós! Y gracias porque supiste demostrar que al tumor hay que echarle mucho humor y, sobre todo, lo que siempre regalabas, amor, mucho amor. Madre coraje.

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