Manuel Benitez 'El Cordobés' a su hijo Julio: 'Si quieres ser torero tienes que ser el primero'

—Yo estaré con él mientras él quiera estar en esto. A su lado, sin forzarle, ayudándole en todo, aconsejándole, y que él haga lo que quiera. Pero quiere ser torero, tiene valor, pues que lo sea; pero ya sabe lo que le he dicho: «Esto está muy difícil, hijo mío, y aquí, o se está en el sitio, clavado, en la losa de barro de Ronda, sin moverse, o se dedica uno a otra cosa, que ya el pan no te va a faltar, gracias a Dios, y trabajo hay en la familia, como el que tienen tus hermanos».

«Si los toros le respetan...»
Pero Julio, erre que erre, quiere lo que quiere. «Si los toros le respetan —dicen lo que en esto saben en Córdoba, en el Sur—, será grande». Por lo pronto, sin carnet de conducir siquiera, es un chico normal, que gusta de la música de su tiempo, con gran éxito con las chavalas, aunque él no está en eso, sino en el toro, que hace buena gimnasia, que torea de salón, en la plaza de toros, con el carretón y que no quiere retratarse con él, porque es lo que dice: —Cuando haya que hacerlo, lo hacemos delante de un par de cuernos de verdad. Tiene fuerza, talento, ganas, muchas ganas..., pasión por el toro. Ya ha conocido su «caricia». Ha estado a punto de quedarse cojo de por vida, tiene más de una cicatriz. Sabe que es una historia ésta, la elegida, más de cruces que de luces y que son muchos los que se quedan en el camino y encima, pues, aguantando el toro de la comparación, que eso sí que es fuerte. —Hombre, pero donde se ponga su padre...

Una estampa de la virgen Eran otros tiempos. Julio Benítez está al loro del toro, y si su padre, hace cincuenta años, lo que hacía era «aprendiendo a morir», él lo que hace, los deberes cumplidos, buen hijo, buen hermano, es aprendiendo a convivir con el toro y la leyenda. A veces lo ven correr entre la niebla, y a su vera, a su sombra, la alta cabeza de plata de su padre, dentro de un chándal de corredor de fondo.

Al final, de regreso, los retratamos junto a la encina antigua, donde hay una estampa de la Virgen. Manuel y su hijo se santiguan juntos y suben al coche. El hijo va abriendo las puertas metálicas de lo que su padre se ganó toreando, aguantando, y eso forma parte del aprendizaje. Habla poco el joven becerrista, pero no hace falta que diga nada, lo dice todo con su pasión, con el volcán que lleva dentro. El ha sido maletilla sin serlo, su padre sabe mucho de eso —forma parte de su leyenda— y sigue todos los días pidiéndole una oportunidad. Lo que pasa es que el padre le dice desde su sentimiento y su conocimiento: —De acuerdo, el toro ya te ha dicho quién es. Ahora, si quieres ser torero, tienes que ser el primero. No lo olvides. Luego me mira, con los ojos brillantes de orgullo, y me confiesa: —No hay quien pueda con los «genes».

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