Manuel Benitez 'El Cordobés' a su hijo Julio: 'Si quieres ser torero tienes que ser el primero'

Manuel Benítez, «El Cordobés», «El Quinto Califa» —el irrepetible—, vuelve a abrirnos las puertas de su casa, blanca y verde, elegante y humilde, como son las cosas del campo verdadero, en la falda de Sierra Morena, por histórico puente de Alcolea, a pocos kilómetros de Córdoba capital.

La niebla se ha levantado, pero no la del recuerdo, porque Manuel Benítez, «El Cordobés», vestido de cada día, con el traje de luces de la memoria, recuerda —¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer, compadre. Aquí celebramos hace diez años, aquel día de mayo, el día de la Primera Comunión de Julio, y hoy volvemos a vernos en el mismo sitio —que las puertas de esta casa no se abren para todo el mundo—, cuando mi hijo Julio, el más pequeño de los míos, dice que sigue queriendo ser torero. Siempre estuvimos cerca de Julio Benítez Freiser.

Martina, su madre, aunque no está aquí hoy con nosotros, como si lo estuviera, porque desde el teléfono se va ocupando de que no falte de nada en la cita. Está Toscano, cronista taurino, prestigioso amigo, el autor del libro sobre «El Quinto Califa»; Fernando Sacromonte, el hombre de confianza de «El Cordobés» y de su hijo, director de la escuela taurina, además, de Granada, y Julio, con dieciocho años recién cumplidos, aquel que un día fue noticia cuando le bautizaron con agua del Caribe, lejos, en Bahamas, y fue el padrino Julio Iglesias.

«Más en el cielo que en el suelo»
Y parece, es verdad, que fue ayer. Después le hemos visto ir creciendo en la cercanía de la leyenda de su padre, ese resplandor mítico que siempre quema, y estudiando, haciendo deporte, soñando con el toro. Creciendo, de blanco hace diez años; hoy de calle, chico de su tiempo, después de más de seis meses de operaciones, los huesos de la rodilla rotos en la plaza; el doctor Ramón Cugat que le atendió a fondo en Barcelona; gimnasia. No es fácil volver a torear después de una rotura de esta clase aquel mal día en Palma del Río, después de haberlo visto, que lo contamos también en estas mismas páginas, cuando toreó en Almedinilla y «estuvo más en el cielo que en el suelo», «el torero que uno había visto torear más cerca en los últimos años, escribíamos entonces, después de su padre», claro.

Y como no queremos perderle el sitio ni el compás, aquí estamos, que al torero no crean ustedes que le gusta mucho esto de salir en los «papeles». Habla poco y lo justo, pero está criado en la disciplina de la familia, y sabe lo que tiene que hacer. —Cuando lo de la rodilla rota, que nadie daba un duro por tu voluntad, sé de buena tinta que le dijiste a tu padre: «Que sigo queriendo ser torero, papá». Y el padre tragó saliva, el nudo de la emoción. La madre no dijo nada, los hermanos todos respiraron fuerte, y Julio Benítez volvió a ponerse de pie, arrastrando pesas de diez kilos, subiendo y bajando Montjuich cada día, en uno de los calvarios más poderosos, de los que convierten a un niño en un gigante: —Vamos p’alante, padre. Ahora tengo más gana que nunca.

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