No resulta sencillo caer bien a todo el mundo; ni ser uno de los mayores seductores de la gran pantalla y que, además, el resto de los hombres no sólo no te odien sino que te admiren. Todo esto lo consiguió Cary Grant gracias a su presencia. Poco importaba el género de la película en la que participara, porque él era capaz de transmitir su sello personal, una elegancia innata. A nadie le ha sentado mejor un traje de raya diplomática.

Cary Grant fue un papel hecho a medida, al igual que sus trajes. Él se llamaba en realidad Archibald Alexander Leach, un inglés de orígenes humildes que encontró en Hollywood, la oportunidad de ofrecer todas sus virtudes interpretativas, ayudado por directores de la talla de George Cukor, Howard Hawks o Frank Capra, auténticos genios de la comedia romántica. Su flema y humor británicos encajaban perfectamente con unos diálogos delirantes aderezados con un pizca de timidez, cinismo e ironía. Alfred Hitchcock se atrevió a cambiarle de registro y su papel de eterno galán se vio enriquecido con un lado misterioso que acentuaba la intriga de las películas.

Ahora que se celebran el centenario de su nacimiento, ni él ni su filmografía han envejecido lo más mínimo.

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