La nueva vida de Isabel Sartorius: 'He aprendido a vivir cada día como si fuera un sueño'

Dispuesta a escribir su propia historia, Isabel Sartorius concede esta entrevista para decir que, a sus 38 años, le queda todo por hacer; que la boda de Javier Soto, el padre de su hija, y el anuncio de compromiso del Príncipe de Asturias la han hecho enormemente feliz; que no se reconoce cuando hablan de ella como si se tratara de una "tragedia"; que está agradecida a la vida, sobre todo por su hija Mencia; que tiene planes y proyectos con una empresa editorial; y que, en lo sucesivo, hará lo que tenga que hacer y que lo hará a su manera. Definitivamente, Isabel Sartorius ni es, ni se siente como una víctima de las circunstancias... Prueba de ello es que, acostumbrada a hablar con silencios y a no dar explicaciones sobre nada que tenga que ver con su persona, reaparece, de nuevo, por que quiere decir que todo está bien y que, a su modo de ver, ha llegado el momento de vivir su vida y su futuro, de ser realmente libre dejando atrás todas las "maletas".

Alguna vez imaginó que, pese a no gustarle nada, usted seguiría siendo centro de atención a estas alturas de la vida.
Durante años sufrí una presión tremenda y nadie puede imaginar lo que luché por salir de ahí, por recuperar una vida anónima. Me aislé del mundo durante años, me encerré en casa. Era la única forma de protegerme que tenía en ese momento. Con el paso de los años, sin embargo, he llegado a la conclusión de que esa forma de existir no me sirvió de nada. Cuando miro hacia atrás lo que más me llama la atención es la cantidad de tiempo que perdí tratando de evitar lo inevitable. Ahora, ya sé que puedo vivir con ello.

¿Cómo debemos interpretar esto? ¿Tiene algo que ver este cambio con el hecho de haberse quedado sin esa casa en la que tanto se ha "refugiado"?
No. La verdad es que ya hacía muchos meses que lo había pensado. No podía seguir viviendo así. En cuanto a lo del incendio, hay cosas mucho peores. Al principio fue una contrariedad trasladarse rápidamente a otro lugar, adaptarse a las costumbres y horarios de otra familia. Como todo, y con otra perspectiva de la situación, ahora pienso que me ha venido muy bien compartir vivienda estos meses. Llevaba muchos años viviendo sola y ya tenía alguna manía que otra.

¿Manías de "solterona", quizás?
No sé si de solterona, pero en todo caso de persona que vive sola y que tiene que hacer pocas concesiones. Establecerme en casa de Nora de Liechtenstein (se refiere a su madrastra) me ha dado la oportunidad de poder vivir con Teresa, mi hermana pequeña. De descubrir, en el día a día, cuánto se parece a mi padre en su manera de ser, en su personalidad. La verdad es que me lo ha recordado mucho. Antes de que me sucediera a mí no me podía imaginar que se quemaran tantas casas. Digo esto porque son muchísimas las personas que se me han acercado en la calle para contarme que a ellos también les había pasado. Es extraño, pero siempre nos quedamos un rato de cháchara hablando sobre lo que pudimos salvar.

Pero usted no puedo salvar nada, ¿no?
Tengo la suerte de no ser una persona apegada a lo material. Quizá porque he viajado mucho; quizá porque, a lo largo de mi vida, he tenido muchísimas casas o, sencillamente, por carácter, pero no lo soy. Otras personas lo hubieran pasado mucho peor pensando en lo que se perdió. Es cierto que se quemó todo, pero también que no hubo nada que fuera realmente irrecuperable. Los recuerdos más importantes los tengo yo dentro de mí y las fotografías ya las he vuelto a conseguir. Mis amigos se han preocupado de mandarme copias. No pienso en lo que perdí y estoy muy ilusionada con volver a "hacer" mi casa. Con pintarla en tonos claros para darle más luz, para hacer de ella un espacio más moderno.

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