Jesulín de Ubrique y María José Campanario, luna de miel en las paradisíacas Islas Maldivas

—¿Y cómo es el Dios en el que tú crees?
—Pues Dios es el que te saca de apuros cuando estás al borde del precipicio. La verdad es que, como he dicho, tengo muchísimos motivos para creer en él, porque, desgraciada o afortunadamente, por mi profesión y sobre todo por el terrible accidente de tráfico que tuve, me he visto con la vida al límite de todo. Como si dijéramos, más allá que acá. Yo creo en Dios. Y en los milagros también porque lo mío qué otra cosa fue más que un milagro. ¿O es que no estoy vivo de milagro?
—¿Tienes amigos? Me refiero a amigos de verdad.
—Afortunadamente, sí. Pero, vamos, tampoco como para formar un equipo de fútbol. Creo que los puedo contar con los dedos de una mano... y todavía me sobra alguno.
¿Te fías de los amigos?
—De esos que puedo contar con los dedos de una mano sí que me fío. Hasta el punto de que, por ellos, estaría dispuesto a meter esa misma mano en el fuego. O, si se diese el caso, sacarte sangre de una vena y firmar. Puedo presumir y alardear de tener algunos amigos de ese tipo. Después tengo otro tipo de amistades, de conocidos a los que aprecio y que sé que me aprecian, pero sin pasar a mayores, sin que tengan nada que ver con los amigos-amigos de verdad.
—Pasemos a otro asunto, Jesús: el de tu pasado con toda su cohorte o legión de novias que, de pronto, salen en determinados programas de televisión donde supuestos pelos y señales de las aventuras que cierta o presuntamente han tenido contigo. Eso no tiene que ser nada agradable, ¿verdad? O es que tú tienes mucho aguante y pasas.
—Todo es según y cómo. Creo que las cosas, cuando se hablan o se airean, tienen que tener su fundamento. Desgraciadamente, hay personas que más que informar lo que buscan es hacer daño intentando desestabilizar a las personas que están llevando felizmente una convivencia. Por eso, a mí no me interesa entrar al trapo de ciertos asuntos. Por hacer ahora un comentario a todo eso, lo único que puedo decir es que estoy muy por encima de todas esas cosas.
—Pero no tiene que ser agradable que te estén pasando continuamente por las narices tu pasado estando, como estás ahora, casado, ¿no?
—Ya ni entro ni salgo, y además, sé que con decir que me molesta o con enfadarme, no voy a solucionar nada. Lo pasado, pasado está, y lo importante, hoy por hoy, en una pareja —en nuestra pareja— es que no haya ningún secreto. Lo que haya hecho antes de conocer a mi mujer, hecho está. Y como ahora estoy muy feliz con María José, pues me sobra todo lo demás, y no me voy a equivocar ni voy en adelante a hacer ninguna tontería.
—Aunque ya le hemos preguntado a María José, dinos algo acerca de vuestra decisión de no vivir en «Ambiciones».
—Muy sencillo: cuando decidí compartir mi vida con la que hoy es mi mujer (bueno, mejor diría cuando los dos decidimos compartir nuestras vidas) nos fuimos a vivir a un piso normal y corriente, y cuando tomamos la decisión de casarnos, lo primero que hicimos fue buscar una casa que reuniera las condiciones para vivir a gusto. Pero ni mi mujer me pidió no vivir en «Ambiciones», ni yo le hubiera hecho caso en el supuesto de que a mí me gustara quedarme en la finca. Fue una idea que se me ocurrió a mí y que, a la vez, a ella le pareció bien.
—Para unos recién casados siempre es bueno establecerse por su cuenta, ya que formar un hogar implica, en cierto modo vivir en una casa distinta.
—Yo sabía y sé perfectamente que teníamos y que tenemos que tener nuestra intimidad. Y la mejor manera de tenerla fue estar como estamos ahora mismo. Porque estamos felices y a gusto. Y tenemos «Ambiciones» al lado. Yo voy a la finca todos los días y vuelvo. En ese sentido, sigo haciendo la vida normal que llevaba de soltero.

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