Jesulín de Ubrique y María José Campanario, luna de miel en las paradisíacas Islas Maldivas

—Casi os olvidáis de hacer realidad vuestro viaje de novios, Jesús.
—La verdad es que desde que me comprometí con María José ha sido todo una luna de miel, aunque estuviéramos sin viajar, sin salir de casa, puesto que, afortunadamente, todo ha sido para nosotros satisfactorio y precioso. Pero, la verdad, es que nos merecíamos este viaje.
—Con el corazón en la mano. ¿Sigues tan ilusionado con María José como el primer día?
—Hombre, yo la quiero mucho. Para mí es una de las cosas más importantes que me han sucedido en la vida. Ella y mis dos hijas son las tres cosas por las que debo luchar y seguir adelante. En María José he encontrado a la persona que me sabe entender, que sabe, a la vez, cómo soy. Por eso la quiero profundamente. Si a eso se llama estar enamorado como el primer día, pues sí: lo estoy. Lo que está muy claro es que me siento muy contento y muy feliz y espero que sea para toda la vida.
—¿María José es de las que dicen a todo amén?
—No. Con una mujer que a todo dijera amén yo me aburriría. Y, por supuesto, si fuera de las que no razonan, no me habría casado con ella. María José tiene su temperamento como yo tengo el mío. Y, por otra parte, sabe estar siempre en su sitio, como yo estoy en el mío. He tenido mucha suerte en esto.
—Pero ya sabes que sigue habiendo señores que prefieren estar casados con..., digamos, una especie de mueble o un ser decorativo más que con una mujer con las ideas claras y de criterio.
—Pues, afortunadamente, yo no pertenezco a ese grupo de hombres. Estar casado con una mujer sin criterio, sin opinión o de mente cerrada, sería muy triste, ¿no? Eso tiene que ser muy aburrido. Mi mujer reflexiona, piensa, está al día, tiene, como he dicho, su propia forma de ver las cosas, su personalidad. Y lo importante es que nos compenetramos muy bien, a la vez que sabemos darnos el uno al otro la razón. Ella me la da a mí no porque sea el hombre, sino porque la tengo en un determinado asunto, y yo se la doy a ella cuando comprendo que la tiene. Y no hay más vuelta de hoja en este aspecto.
—Das a entender que con María José te tocó la quiniela, la primitiva y el cupón de la ONCE.
—De lo que estoy convencido es de que he acertado plenamente. Hace unos días le llegué a decir que era para mí como una de las siete maravillas del mundo. Bueno, también incluyo a mis dos hijas: María José y mis hijas; mis hijas y María José.
—Dinos algo de Andrea y de Julia.
—Me lo pones muy difícil, precisamente porque son dos maravillas. Creo que son dos joyas que en el caso de Julia tanto mi mujer y yo, y en el caso de Andrea, su madre y yo, tenemos la obligación de educar, de cuidar y de darles una buena calidad de vida. Eso es lo que voy a intentar con todas mis fuerzas.
—¿Eres un padrazo?
Eso se lo preguntas a ellas cuando sean mayores. Pienso que hasta ahora he estado a la altura del papel que como padre me corresponde, gracias a Dios.
—Ya que hablas de Dios, ¿crees en él, Jesús? Porque hay quienes hablan y después..., si te vi no me acuerdo.
—¿Yo... en Dios? Por supuesto que creo. Y además tengo muchos motivos para ello.

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