Jesulín de Ubrique y María José Campanario, luna de miel en las paradisíacas Islas Maldivas

—Tú, cuando empezaste a salir con Jesús Janeiro, sabiendo, como sabías, que él había tenido muchas novias, que había estado con muchas mujeres, ¿no se te pasó por la cabeza —a modo de temor— la idea de «a ver si voy a ser yo una más»?
—¡Claro que se me pasó por la cabeza! Se le pasaría a cualquier chica en mi situación. Lo que pasa es que Jesús tuvo desde el principio las cosas muy claras.
—¿Se las pusiste tú?
—Hombre, desde el momento en que empezamos una relación seria, claro que se las puse. Bueno, las cosas claras, no: lo que sucede es que cuando comienzas una relación hay ciertas condiciones que hay que cumplir por ambas partes. Y así lo establecimos los dos.
—¿Crees, María José, que se podría decir que Jesús es un niño grande?
—No. Yo creo que la gente tiene de él un concepto muy equivocado. Jesús es mucho más maduro de lo que muchos creen. Lo que sucede es que quizá le cueste exteriorizar su seriedad o su manera de ser, que es mucho más pausada, mucho más calmada y reflexiva.
—Por cierto, ¿quién tiene más genio: tú o él?
—Genio, yo: Jesús tiene mucho más temple.
—Ese temple se lo darán los toros.
—Creo que sí: el aguantar en la plaza como aguanta, le ha enseñado a aguantar muchas cosas en la vida.
—Toca ahora hablar de «Ambiciones», María José. ¿Por qué decidisteis iros a vivir fuera de la finca?
—Sencillamente porque creímos conveniente que era mejor vivir solos. Es un poco lo de «el casado casa quiere».
—Lo que sucede es que los malpensados —que nunca faltan— rápidamente empezaron a decir: «Esta apartó a Jesulín de su familia»
—Eso no es cierto, porque, además, no fue una decisión que tomé yo: fue Jesús quien la tomó y yo la acepté, la verdad que de buen grado, porque creía que era lo mejor para los dos..., además de ser lo normal en una pareja de recién casados. Por otra parte, siempre he considerado que «Ambiciones» es la casa de mis suegros, que han vivido siempre allí, y la casa de mis cuñados.
—La primera vez que viste torear a Jesulín de Ubrique, ¿te podías imaginar que un día pudieras estar casada con él?
—¡Que va! En absoluto. Yo estaba muy tranquila con mi trabajo. En realidad, yo nunca había ido a verle a una plaza: lo había visto, como otra mucha gente, por televisión. La primera vez que le vi en vivo fue a los cuatro meses de conocernos. Después, en la época en que nos estábamos conociendo, me siguió invitando cuando toreaba. Pero, ya de novios, empecé a ir menos. Y, de casada, no he ido nunca. Es una decisión que tomé hace tiempo. Diría más bien una decisión conjunta. La tomamos los dos. Y es que él tampoco quiere sentir la presión de que yo esté ahí. Y lo mismo sucede con su madre, que tampoco va.
—No es fácil ser la mujer de un torero, ¿verdad?
—No es nada fácil. Se pasa fatal, fatal.
—Entonces, ¿te quedas sola en casa cuando él está toreando?
—Me quedo en casa, pero prefiero que esté alguien conmigo. Normalmente, Carmen, la madre,viene a mi casa o voy yo a la suya.

María José, con una redonda sonrisa en el rostro y el brillo de la felicidad asomándose a sus ojos, da ahora paso a las palabras de Jesús, su marido, que había escuchado, con gesto de asentimiento, las respuestas de su mujer. —La idea de volver por aquí dentro de veinticinco años para celebrar nuestras bodas de plata es una fantástica idea. Pero, claro está, será algo muy diferente porque ya vendremos acompañados. Con hijos y puede que hasta con nietos.
—¿Os ilusiona la idea de aumentar la familia?
—Por supuesto. Es la idea que tenemos. Hasta cuántos hijos, no sé. Eso sólo Dios lo sabe.

Más sobre

Regístrate para comentar