Entre champaña, lágrimas y muchas horas de vuelo, el Concorde, después de 27 años de intachable servicio, se despidió ayer como mejor supo: con tres vuelos, uno de ellos transoceánico que unió en tiempo récord dos de las grandes capitales del mundo: Nueva York y Londres. Del aeropuerto JFK a Heathrow, este avión supersónico se dispuso a cumplir con amplia veteranía su último vuelo. Volar más rápido que la velocidad del sonido. Eso era lo que prometía el Concorde cuando emprendió su andadura por la aviación civil, allá por los años setenta: "Antes, el charco era un océano". Así decía la publicidad del Concorde. Un charco que muchos han cruzado desafiando las leyes de la física.

Un vuelo lleno de 'glamour'
No podía ser gris y triste la despedida del Concorde. Todo lo contrario. Viejos amigos -artistas, empresarios, científicos, etcétera- se reunieron para darle el último adiós. Tanto en JFK como en Heathrow, cientos de personas se agolparon para ver de cerca el último despegue y aterrizaje de este gran líder, durante casi tres décadas, de la aviación.
Joan Collins voló de Nueva York a Londres, acompañada por su flamante marido, Percey Gibson: "Ha sido fabulosa, muy triste pero excepcional". Así definió la actriz británica la travesía. Por su parte, la modelo Jodie Kidd no hizo más que reafirmar las palabras de la acriz: "Ha sido increíble, casi mágico, pero muy triste".

La tristeza se veía reflejada en el rostro de los tripulantes de cabina. De esos hombres y mujeres que, durante años, habían trabajado por hacer del Concorde un espacio más humano. Sin embargo, este mito de la aviación no se fue sin su momento romántico: en el último vuelo del Concorde a Edimburgo, Rupert Pilgrim, un empleado de una empresa de Internet, pidió matrimonio a su prometida, Catherine Murray. Ella, a pesar de la altura y la velocidad, no dudó. Dijo un sí alto y claro muy aplaudido por el resto de pasajeros.

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