Exclusiva: La celebración de la boda de María Chávarri Figueroa y Javier Fitz-James Stuart

Tras un suculento aperitivo, ofrecido en el laberíntico jardín que en su día diseñó el insigne paisajista Forestier, los invitados se encaminaron al interior de la casa. El banquete se llevó a cabo en el comedor principal. Los brindis,que honraban a los novios y se les deseaba lo mejor como pareja a partir de ese momento, se alternaban con un exquisito menú compuesto de hojaldre de langostinos al curry, pechuga de pintada al oporto con salsa de uvas y manzana glaseada, crepes de helado con crema de naranjas, regado con vinos y licores españoles.

Y de nuevo la petición hacia los novios del beso, como evocaba el poeta, que «al besarse se mezclan los alientos y parte del alma de uno queda en el otro, para festejar con esto la unión de dos seres que el amor vuelve uno sólo». Al terminar el almuerzo, uno de los salones se despejó de muebles para convertirlo en una deslizante pista de baile, en la que varias generaciones se mezclaban, bailando sin cesar hasta bien entrada la madrugada al compás de la música.

María, hija de embajador en París, Arabia Saudita y Bangkok, entre otros países, sabe lo que es tener una vida nómada y está acostumbrada a conocer otras culturas, idiomas y gentes. Ella, dulce, discreta y, sobre todo, muy tranquila, le da paz. El, extravertido, amante de la Naturaleza y cosmopolita de corazón, le ofrece seguridad y protección. Se compenetran. Vivirán en Madrid, donde Javier, a sus treinta y siete años, tiene un sólido currículum ligado a la Banca, que le ha llevado a vivir a caballo entre Suiza, Estados Unidos e Inglaterra. Lucha por sacar junto a otros socios una empresa de gestión de patrimonios de reciente constitución. El magnetismo, la complicidad y, en definitiva, el amor que transmite esta joven pareja auguran muchos, muchos años de felicidad en común.

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