Aunque Raquel está muy feliz en su nueva casa, no puede evitar sentir añoranza por los momentos vividos en el piso del paseo de La Habana, que fue su hogar conyugal durante el tiempo que compartió con Pedro Carrasco. Al no haber testamento, Raquel lo tendría que dejar al cabo de seis años, el tiempo que firmó en la carta reparticional.
—¿Has dejado definitivamente el piso del paseo de La Habana?
—Se puede decir que sí, porque ya estoy viviendo aquí.
—¿Te has traído muchas cosas de tu antigua casa?
—Sí, prácticamente todo.
—Aún te queda un tiempo de usufructo. ¿Qué vas a hacer con el piso mientras dure ese período?
—Firmé por seis años y me quedan tres y medio. El importe del alquiler me va a servir para ayudar a pagar la hipoteca del chalé, ya que aún me queda la de la peluquería.
—Entonces, ¿vas a alquilar el piso?
—Sí, lo voy a alquilar.
—Al dejar aquella casa habrás dejado atrás muchos recuerdos. ¿Sientes añoranza?
—Muchísima; es lógico. De hecho, si no llega a ser por mis padres, no veía el momento de venirme aquí. Ellos me aconsejaron que me trajera la cama lo primero; así no tendría más remedio que dormir en el chalé. Cuando venía de visita tenía una ilusión tremenda, pero en la casa del paseo de La Habana había muchos recuerdos, muchos momentos felices y, por eso, mucha añoranza.
—Has mejorado tu calidad de vida en lo material, pero ¿cómo estás en la parte emotiva?
—Soy una persona muy luchadora. Soy como el Ave Fénix: «mientras me quede una pluma no dejaré de volar».
—¿Qué te ha enseñado en la vida la pérdida de tu marido?
—La terrible pérdida de Pedro me ha servido, una vez repuesta, para luchar mucho más. Actualmente estoy ilusionada, contenta. Sigo siendo la misma de siempre.
—¿No es ésta una casa demasiado grande para ti sola o la has comprado pensando que en un futuro no muy lejano puedas formar una familia de nuevo?
—Vivo el día a día. No me trazo metas y tampoco puedo decir «de esta agua no beberé», pero como, hoy por hoy, no estoy enamorada, no pienso en formar una familia. Será lo que me depare la vida. Aparte de la ilusión de tener un jardín y una piscina para hacer natación, me ha servido como inversión, ya que la compré a buen precio. También me vale para que mis padres vengan aquí, en vez de tener que ir yo a su casa todos los fines de semana.

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