Chábeli Iglesias, su marido, Christian Altaba y su hijo Alejandro: una familia feliz en su casa de Miami

—¿Le dedicas mucho tiempo a Alejandro?
—Todo el que puedo y más. Y lo que puedo decir es que me ha centrado enormemente. Un hijo te centra, te hace cambiar tu forma de plantearte la vida porque ya tienes que pensar en él antes de tomar cualquier decisión.
—¿Qué es lo mejor que te ha pasado en estos treinta y dos años?
—Aparte de conocer a mi marido, lo mejor que me ha sucedido ha sido, sin duda, mi hijo. Un hijo supone, además de mucho trabajo, mucha responsabilidad, sobre todo en su caso, ya que ha sido un niño prematuro y eso implica mucho.
—Tuvo que haber sido duro recibir el alta en el hospital, irte a tu casa… y tener que dejar a tu hijo en una incubadora, ¿no? Eso hay que vivirlo.
—Naturalmente que hay que vivirlo… Hay que vivirlo para contarlo. Fue muy, muy duro. Pero creo que, si tienes una actitud positiva, lo superas. Ante un contratiempo así todo —o al menos gran parte— depende de la actitud de la persona que lo afronta.
—¿Tu actitud fue siempre positiva?
—Muy positiva…, porque soy una persona siempre positiva.
—Pero en aquellos momentos habrás pasado zozobra, miedo…
—No. Tuve como un «feeling», un presentimiento… Intuía que todo iba a salir bien. Y salió bien todo, gracias a Dios.
—¿Miras mucho hacia atrás?
—No. Yo miro siempre hacia adelante. La gente que mira mucho hacia atrás termina atada, traumatizada. Mirar hacia atrás es cargarte un peso. El pasado, una vez superado, y después de haber sacado las pertinentes lecciones de los posibles cometidos, debes orillarlo. Andar con el pasado metido en la cabeza es exponerte a desaprovechar el presente y a no poder poner los cinco sentidos en el futuro.
—¿Te ha dado palos la vida?
—Por supuesto. ¿A quién no se los da? Quien diga lo contrario creo que está faltando a la verdad. Claro que hay palos duros y menos duros. Yo creo que si dijera que he recibido palos fuertes, sería injusta. Pero he tenido lo mío. Por ejemplo, el accidente que sufrí hace unos años en Los Angeles, el nacimiento prematuro de mi hijo…
—Naciste famosa, fuiste una niña y una adolescente rodeada por la fama, pero, de un tiempo a esta parte, parece que te vas alejando, poco a poco y como de puntillas, de la popularidad. ¿Es algo intencionado o es que te has ido quedando orillada en el, a veces torrencial, río de la fama?
—Es, por supuesto, algo buscado, algo intencionado. He visto a mucha gente a mi alrededor, metida en esta harina, en este medio en el que he nacido y en el que me he criado, y me he ido dando cuenta los últimos años que es un medio que quema mucho o, más que quemar, te aleja de la realidad, te hace vivir hacia afuera, hacia los demás, al tiempo que los demás viven pendientes de ti. Aprender a tener un equilibrio entre la vida pública y la privada es lo que he tratado de lograr estos últimos años.
—Eras famosa porque tus padres eran famosos por razón de la profesión —y, sobre todo, del éxito internacional— de tu padre.
—Desde luego. Cuando eres parte de una familia tan conocida, la gente quiere saber de ti.
—Pero tú tuviste una época en la que estuviste un poco como en las nubes, sobre todo en tu adolescencia.
—Hay una cosa cierta: fui una niña bastante caprichosa a mis dieciocho o diecinueve años, pero sin dejar de ser, a la vez, realista y muy observadora de mi entorno.
—¿Fuiste también una niña consentida?
—Consentida no. Una cosa es ser caprichosa, que lo eres tú, y otra ser consentida, lo cual implica culpar a tus padres.

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