—Pongamos que Pepe tuviera un nuevo amor, ¿cuál habría sido entonces la postura de vuestros hijos? ¿Crees que hubieran sido tan intransigentes con él como contigo?
—¡Ah! Eso ya no lo sé. El pobre Pepe tendría que verse en esa situación, y ya veríamos.

—Dices que Thais y Zeus nunca llegaron a cruzar palabra alguna con Tony en todo este tiempo.
—Nunca, nunca, nunca. Recuerdo que mi marido me decía: «Amor, yo no lo comprendo. Está bien que estén enfadados conmigo, pero si tú estás enferma, lo normal es que tus hijos te llamen por teléfono y te pregunten que cómo te encuentras». Es más, Tony tuvo que acompañarme a una operación muy difícil a la que tuve que someterme y de la que nadie se enteró porque mis hijos no querían estar conmigo.

—Tú siempre has sido una mujer muy familiar.
—Yo me he criado en una familia muy unida. Maravillosa. Tengo sobrinos carnales por los que doy la vida igual que ellos por mí. Entonces, imagínate lo familiar que yo seré con mis hijos.

Repite una y otra vez que todo lo hace por sus hijos
Damos por concluida la entrevista. Sara repite una y otra vez que todo esto lo hace por sus hijos. La sensación de tristeza es todavía permanente en su rostro. Está vestida con una especie de túnica blanca. Fuma un habano. Muy cerca de ella está su hermana. En silencio. Thais y Zeus ya se han ido. Han quedado para volver. Muy pronto inundarán de nuevo la casa con sus voces y su presencia. Por los ojos de Sara, bellos y expresivos como nunca, parece pasar la película de ese amor ilusionado que se inició hace dos años por el hilo telefónico, recordando aquella calurosa tarde de agosto junto al palmeral de Elche aguardando la llegada de un Tony asustado y superado —nunca hasta entonces había salido de su Cuba natal— por el momento que estaba viviendo.

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