—Y a lo mejor otros que puedan leer tus declaraciones.
—La verdad es que me da pena que mis hijos no puedan verme feliz como mujer, porque el amor de un hijo es muy distinto al amor de un hombre. Ya sólo me queda ser feliz como madre, y si después de todo tampoco recibo el cariño de mis hijos, pues que venga ese nuevo TALGO que atraviesa media España, me pongo delante y digo: «Anda, cógeme, porque yo no tengo ya otra salida».

"Mis hijos no se enfadarán por estas declaraciones
—Mira que si tus hijos se enfadan con tus declaraciones…
—¡Para nada! Si lo único que estoy diciendo es la verdad. ¡Pobrecitos míos! Ellos me lo dijeron muy claro desde el primer día: que no aceptaban al «cubano», como ellos le llamaban.

—¿Cuándo se mudan a tu casa?
—Quieren venirse ya a vivir. Mi hija ha dicho que va a pintar su dormitorio. Cuando ella estaba aquí era de color rosa y luego yo lo pinté salmón. Tiene también una cama maravillosa del siglo diecinueve.

—¿Y quién mandó pintar el dormitorio?
—Lo hice yo, porque cuando se fueron mis hijos arreglé las habitaciones. Puse dos camas en la de Zeus. Aún están durmiendo allí, pero ya van a dejar su casa alquilada porque me estoy gastando un dineral en balde. Me ha costado un ojo de la cara mantenerles fuera.

—¿Quién estuvo más intransigente en su postura, Thais o Zeus?
—Los dos.

—Se habían confabulado.
—Como te decía, se cerraron en banda.

"Nunca, nunca, nunca"
—A lo mejor has echado de menos a Pepe Tous en estos días.
—No. Por desgracia, ya hace once años que Pepe murió y nada tiene que ver nuestra vida de ahora. Además, de haber enviudado, él habría rehecho su vida. Lo habíamos hablado veintiocho mil veces. ¡Por favor, si Pepe murió con cincuenta y nueve años!

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