—Pueden madurar rápido.
—En el caso de mis hijos se trata de dos «polluelos» que aún no han salido del cascarón; no saben lo que es la responsabilidad de un trabajo para ganarse un duro y poder pagar a Hacienda o comprarse unos zapatos, tener un seguro de enfermedad…

"A la edad de mi hija yo paraba los coches por la calle"
—Nadie nace sabiendo, Sara.
—Sí, estoy de acuerdo; pero no olvides que a la edad de mi hija, es decir, a los veinticuatro años, yo ya paraba los coches por la calle. A esa edad ya había hecho «Veracruz», ¿comprendes? Y ya no te digo a los diecisiete años, cuando ya era dueña de España trabajando y sabiendo lo que era un hombre.

—También eran otros tiempos y, además, tú eres una mujer de otra raza, de otra fuerza.
—Sí, será así, pero mis hijos quieren estar conmigo a base de mi sacrificio y de que únicamente esté con ellos. Thais y Zeus me han dado la felicidad como madre, pero me han hecho desgraciada como mujer. Los años que me falten ya no podré sentir que estoy viva, que quiero, que amo y que estoy amando. En este sentido soy muy infeliz, mucho.

—¿Crees que la vida está siendo justa contigo?
—No lo creo. Yo he sido una persona con todo mi pasado y mi presente. Tuve un marido maravilloso durante siete años que se llamaba Tony Man. Pedimos el divorcio porque él pasaba de los cincuenta años y yo tenía veintinueve. Con el tiempo, él me puso en su testamento, a pesar de que tuvo un hijo con una chica maravillosa.

—No nos desviemos del tema, Sara, y perdona que vuelva a hablarte del posible egoísmo en la reacción de tus hijos.
—Eso lo dices tú.

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