Humberto Janeiro responde a su mujer, Carmen Bazán

Habla con tranquilidad. Normalidad sería mejor decir. Como si la cosa no fuera con él. Pero va con él. Y de qué manera. Con la que está cayendo en «Ambiciones». Humberto Janeiro, padre de Jesulín, pregona a los cuatro vientos que su mujer, Carmen Bazán, quien la pasada semana, en estas mismas páginas, realizaba unas duras declaraciones sobre él, es la mujer de su vida y que siempre la querrá y protegerá. Y lo dice sin que le tiemble el pulso. A pesar de todo, Humberto acepta su parte de culpa en unas cosas, pero no en otras. Continúa insistiendo en que sólo tiene amigas, y muestra su firme disposición a abandonar la finca y atender de esa manera a la casi súplica de su mujer. Se irá, sí, al menos eso dice ahora, pero cuando su separación esté arreglada legalmente.

—Señor Janeiro, su mujer aparecía en estas páginas como una persona bastante desesperada.
—Yo creo que no es para tanto. Supongo que son momentos difíciles para todos, incluyéndome a mí. Yo todavía no tengo definida a ninguna mujer y...
—¿Definida?
—Sí, vamos, que no estoy con ninguna mujer en plan serio y se me está culpando de unas cosas de las que no sé hasta qué punto soy culpable.
—Pero hace poco se le veía con una señora en la playa.
—Es mi amiga desde hace muchos años, no de ahora. Ella vive en su casa y yo en la mía. Nos vemos cada quince días.
—¿Sólo amigas, señor Janeiro? Usted parece tener una visión muy particular de la amistad.
—Bueno, hombre, son amigas, aunque dentro de personas que se relacionan bastante, pues bueno, puede haber de todo.
—En ese «todo» también podría incluirse la convivencia.
—No, no. Nunca, jamás. Y tampoco me he ido de vacaciones con ninguna, como se ha dicho.
—Volviendo a su mujer, Carmen, aparece en la entrevista como una mujer que está sufriendo mucho y que, según ella, usted es el culpable.
—Hay que puntualizar las cosas un poco. Lo primero que ella quiere es que yo me marche de la finca. Y lo voy a hacer, porque, por encima de todo, soy un señor que comprende las situaciones. Y si alguien se tuviera que ir de allí, desde luego, ese sería yo.
—¿Y por qué no lo hace entonces?
—Me iré cuando las cosas de nuestra separación estén arregladas legalmente, aunque el juez no me lo diga. Y no me voy hasta que no haya una sentencia porque no quiero que se diga que he abandonado el hogar conyugal. Me marcharé entonces, y le dejo el sitio a mi mujer, porque si ella está incómoda con la situación, yo también lo estoy, lógicamente. Pero sí digo una cosa: aunque me vaya de «Ambiciones», nunca soltaré mi habitación. La tendré cerrada con mi llave para ir cuando yo quiera hasta el día que me muera.

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