Eva González, Miss España 2003, espectacular en las playas de Panamá

Eva González, nacida en el hermoso pueblo de Mairena del Alcor (Sevilla) —87-60-92—, es mucho más que sus medidas fundamentales, soberbias, pecho-cintura-cadera; tampoco es su número de teléfono, que se lo da a muy poca gente. Eva es una niña andaluza, como decimos por allí abajo, hacia dentro, profunda, que sabe lo que quiere y, sobre todo, lo que puede. Camino de las islas de San Blas, la esperan con música y descalzas, con vestidos de colores fascinantes, las indias cunas, y la aguardan como si de una reina que les visita se tratara. Palmeras altas, cocoteros a borde de playa..., el paraíso si no fuera porque trabajan de sol a sol para salir adelante. Llevan colgados de sus brazos a sus hijos, son las hijas de las «islas de la Luna». Viven del pescado, de la langosta, que ellos no lo comen, lo pescan para venderlo, como sus pequeñas obras maestras artesanales, en el continente. A Eva, que lució bellísima, —el público la aplaudió a rabiar durante la pasarela por allí por donde pasó; en el Palacio de las Garzas de la Presidenta, le regalaron música de pasodobles. Eva, un bellezón, como decían los expertos en una tierra de bellezas indudables, afirma: —He aprendido mucho de Panamá y de este viaje, pero sobre todo de la humildad de la gente, de su solidaridad, de lo que es la ayuda. Quiero volver...

—Igual cuando te cases, de viaje de novios, porque es un sitio único para eso, Eva, niña. Por cierto, ¿qué te ha dicho tu novio cuando supo que no habías ganado?
—Pues que estaba loco de contento...
Sabe que se jugaban mucho los dos. Y además, ella dice de volver a la «cintura de América» cuando pueda, pero para verla de otra forma, a pie, no desde el carro de oro de las candidatas a la belleza en el mundo.
-Es que ha merecido la pena, de verdad, porque además he aprendido de todas y cada una de las chicas, del mundo entero, un cruce de culturas, cada una distinta, de un mundo diferente.
—Igual lloraste la noche que no pudiste ser «Miss Universo», Eva.
—Te diré que lloré, sí, pero con sentimientos encontrados: por un lado, al sentir que representaba a mi país, y por otro, porque sentía la alegría de vivir lo que estaba viviendo, que es una experiencia única, pero, sobre todo, de aprender lo que estaba aprendiendo.

Es honesta, verdadera, dice lo que piensa, y lo dice en alta voz. Su corazón está al Sur, pero su norte está, sé bien lo que digo, en atender a los demás en lo que sea posible, en ayudar a su madre. A mí, viejo buhonero del Sur, me gusta esta niña, que baila sevillanas con las menudas indias de rostro moreno y los aros de oro en la nariz, cargadas de collares y de leyendas.

Todavía le preguntaré: —Sin embargo, quién iba a decirme que a ti no te gusta soñar...
—Cierto. Porque es una buena forma de no terminar dándote con la pared al despertarte. La despiden en la orilla del agua, como una reina de paso. Ella se lleva las largas manos al corazón, y les dice, abriendo la sonrisa como una inmensa orquídea salvaje de las islas del barro del Canal: —Volveré, volveré... Volveré de otra manera, pero volveré. Y esta es la historia de cómo la hija del Sol estuvo un día caliente e irrepetible en la isla de las hijas de la Luna.

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