Eva González, Miss España 2003, espectacular en las playas de Panamá

Al día siguiente, muy temprano —4 de junio—, luego de la larga noche, inolvidable, de la elección de «Miss Universo», Eva González, nuestra «Miss España 2003», se lavó la cara, como todas las mañanas; se miró al espejo del hotel de Panamá donde había conseguido dormir un rato, y aunque no había sido elegida —incomprensiblemente—entre las primeras, se echó el largo pelo moreno hacia atrás y se fue a una de las islas de San Blas, donde tenía una cita a la que no quería faltar por nada en el mundo. Sabía, ahora más, después de haberlas visitado, que las islas de San Blas —dicen que son trescientas sesenta y cinco, tantas como días tiene el año— eran un archipiélago mágico, donde vivía una raza fascinante, bellísima, de indios puros, artesanos del oro y de la tela, que vivían entre el cielo y el mar desde hace mil años. Eran, son, los cunas, y Eva González sabía, presentía, que tenía que estar con ellos, que la estaban esperando. Y así fue. Y vivió de esta manera, de esta forma, uno de los más hermosos días no sólo de su estancia en Panamá, representando a España, sino de su preciosa vida entera. Pronto cumplirá veintitrés años, el próximo invierno, y sabe que lo importante es vivir para contar, más aún, como quien corredora de fondo en una prueba olímpica. —Competir es lo más importante. se gana, mejor que mejor.

—Me dicen que has dicho que no querías ganar incluso...
—Lo he dicho y es verdad.
—Se trata de un caso único, niña. No hay precedente. Todas las chicas de la pasarela que van a un concurso planetario como éste desean llegar a ser coronadas como «Miss Universo». —No es mi caso. Yo sabía que tenía que estar ahí y hacerlo bien porque representaba a España, que es mi país, pero también te puedo decir que, tenía la conciencia clara de que si ganaba, mi vida iba a cambiar mucho, tal vez demasiado, y que quizá no iba a merecer la pena, para la idea que yo tengo de la vida. Yo no he sido preparada ni educada en la cultura de la belleza.

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