Retrato familiar de Adolfo Suárez en el día de su treinta y nueve cumpleaños

—Mi padre es, además de mi padre, mi amigo. Yo empecé a ver con mi padre al presidente del Gobierno. Cuando lo criticaban, a veces llegué a dudar, a pensar que quizá tenían razón cuando la crítica era tan feroz. He aprendido con los años a valorar su verdadera dimensión política; pero, sobre todo, de él he aprendido la entrega total y absoluta con mi madre, y admiro de él su generosidad, su entrega, su honestidad, la forma con la que afronta cualquier problema que se le plantea. El es el que me enseñó que la política es, sobre todo, una vocación de servicio a los demás.

Beethoven, la pradera, hace ya mucho tiempo que no escribe poesía, que ahora hay que caminar con los pies en el suelo. Le gusta la caza, cuanto más dura, mejor; el toro, ya que es fuerte, estupendo; le apasiona, me dice, el paisaje de La Mancha, la gente de esta tierra en la que estos días habla, visita, promete. Ahora no tiene tiempo para el deporte que le gusta. Hace 700 kilómetros diarios —me cuenta—, ha visitado 840 pueblos en trescientos treinta y ocho días de campaña y ya ha superado los 250.000 kilómetros.

—Pase lo que pase el día veinticinco, lo que sí sé es que voy a ganar. Me he comprometido en mi tierra a llevar un compromiso, y ese compromiso de Adolfo Suárez Illana se cumplirá, y si no es hoy, será mañana o pasado, pero cumpliré mi papel. Llega el niño Adolfo con el presente de los espárragos verdes de la cuneta. Le pregunto:

—¿Y a ti qué te gustaría ser cuando seas mayor?

—A mí, presidente de Castilla-La Mancha, como mi padre.

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