Retrato familiar de Adolfo Suárez, hijo del que fuera el primer presidente de la democracia

Busco al hombre. De frente y de perfil, por fuera y por dentro, el retrato humano del candidato a la presidencia de Castilla-La Mancha por el Partido Popular, que, además, doble noticia, hoy cumple —la fecha está en los libros de Historia por ser hijo de quien es, un hombre que escribió la historia de la España contemporánea, de nuestro tiempo— exactamente treinta y nueve años.

—¿Dónde nos vemos? —le pregunto a Adolfo Suárez Illana por teléfono. —Nos vemos donde estoy, en La Mancha, en Castilla-La Mancha, en la mitad del campo, y hablamos un rato si quieres porque, aunque no paro de pueblo en pueblo, tengo el domingo un par de horas, que siempre que puedo, y en eso también soy muy disciplinado, siquiera aunque esté en campaña, los domingos un par de horas las dedico a mi mujer y a mis hijos.

Y así ha sido. En el campo, en la mitad del campo, tierra, tierra, surco, surco, viñas verdes, encinas cerca, olivos, la imagen del molino, La Mancha, inmortal, de siempre. Sin corbata, pantalón de pana —que es el uniforme todavía del campesino, aunque ahora está de moda en la gente elegante —, con el mismo fulgor en los ojos de su padre, que está cerca pero que no quiere salir en las fotos, y al que quisimos tanto. El duque sonríe, pero hoy es su hijo el que con nosotros habla. Y con él, su esposa —a la que no tenía el gusto de conocer—; a Adolfo hijo, claro, casi le he visto crecer, porque a Suárez Illana lo ha visto crecer toda España. Muy linda, muy cercana, Isabel Flores Santos de Suárez: rubia, sencilla, silenciosa, a la vera de Adolfo, con el que hablamos un rato. De él, estos días, desde el «ABC» hasta el «Woman», hablan, escriben todos los medios. Lo buscamos porque es noticia. Noticia política. Lo que pasa es que él nació en la política, echó los dientes en la política. Pero no es el político, que tiene un sentido del servicio, de la disciplina, de la entrega —me cuenta, lo ha contado en todos los periódicos y medios estos días—, sino el ser humano el que nos importa, el que nos interesa. Porque de él se sabe, pero no todo, que tampoco ha sido muy dado a que uno camine por sus laberintos interiores. Bebemos una Coca-Cola, camina con su esposa y los niños, Adolfo y Pablo, por la vereda. Huele a cordero asado, unas chuletas sobre una mesa de campaña y de campiña, y suenan mucho los teléfonos. No paran.

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