Elena Cué y Margarita Hernández se enfrentan a los peores momentos de su vida

El Tribunal Supremo emitía el pasado viernes la sentencia que condenaba a Alberto Alcocer a ya su primo Alberto Cortina, los Albertos, por estafa y falsedad en documento mercantil en la venta de unos terrenos en Madrid, donde hoy se asientan las llamadas Torres Kio, tras una sentencia absolutoria de la Audiencia de Madrid.

Tres años y cuatro meses de cárcel. Una sentencia para dos hombres que han figurado hasta ahora en la lista de los empresarios con más dinero, poder, apellido y glamour. En los círculos financieros de Madrid, en los restaurantes donde acuden normalmente los hombres de negocios y los ejecutivos, no se hablaba de otra cosa. La vida social de la capital quedó conmocionada por la noticia que ha causado quizá más impacto que el encarcelamiento en su día de otros personajes de las finanzas, como José María Ruiz-Mateos, Javier de la Rosa, Jesús Gil, Mariano Rubio, Manuel de la Concha y otros implicados en el ‘caso Ibercorp’. O de Mario Conde, el todopoderoso banquero que hoy sigue en prisión.

Un viernes de pasión para los Albertos, que esa misma mañana renunciaban a la presidencia de su Banco, el Zaragozano, mientras preparaban la salida de los consejos de administración de otras empresas. Nadie esperaba la sentencia del Alto Tribunal hasta unas semanas más tarde. Los interesados y sus familias tampoco imaginaban una sentencia condenatoria. Así que la noticia caía como una bomba en el domicilio de Alberto Cortina y Elena Cué en las primeras horas de la mañana del viernes.

Una espléndida casa en la mejor zona de la colonia de El Viso, de Madrid. Una mansión de estilo francés de principios del siglo XX, restaurada y decorada con enorme ilusión por la pareja, que, por la complejidad de las obras, no pudo ocuparla hasta varios meses después de su boda, celebrada en la primavera del año 2000.

El sueño se desvanecía
Al enterarse del fallo, Alberto Cortina no podía creérselo. "No lo esperaba, han ido a por nosotros", le comentó desolado a uno de sus amigos más cercanos. Elena Cué, por su parte, se echó a llorar. El sueño se desvanecía. Alberto Cortina es el hombre de su vida, mucho más que su marido. Un matrimonio lleno de afinidades, de complicidad. Una pareja que disfrutaba saliendo a cenar fuera casi todas las noches. Viajando todos los fines de semana, con las mismas aficiones por el mundo del arte, el mar, la navegación, la caza, perderse por alguna ciudad europea en plan anónimo.

Alguna vez, Elena había comentado que vivía un auténtico sueño de hadas. Era tan feliz que se preguntaba cada mañana si estaba despierta o vivía en una nube por haber encontrado a un hombre como Alberto Cortina. En los años que llevan juntos, el matrimonio sólo se ha separado una vez, por un viaje de trabajo que el empresario hizo a Argentina. Parece que, a pesar de la distancia, pasó en Buenos Aires sólo unas horas, entre avión y avión, para regresar inmediatamente a Madrid al día siguiente junto a su esposa.

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