Isabel Gemio: "Si Nilo y yo volviéramos, tampoco seríamos la primera pareja que se reconcilia"

—¿Trabajabas para mantenerte?
—Más que para eso, para independizarme. Mis padres eran de origen humilde y, aparte, yo era muy orgullosa. Como no querían dejarme marchar de casa, dije que me mantendría para que ellos no tuvieran que hacerlo. Y me independicé pronto: a los dieciséis años ya estaba viviendo sola. Imagínate ahora, que los chicos se quedan en casa hasta los treinta. Pero en mi generación, las cosas eran diferentes: lo que deseábamos era no depender de nuestros padres. Yo no era la única: estábamos todos locos por irnos de casa. Tal vez me precipité un poco, fui un poquito precoz en ese sentido.
—Hay una especie de espada de Damocles para todos los que trabajáis en televisión: la audiencia.¿Se puede trabajar en esas circunstancias?
—No, es imposible. Y además se demuestra: hoy día ya no importa ni siquiera la calidad. Es terrible: te hacen un seguimiento minuto a minuto. Mientras tú das las buenas noches en tu programa, empieza en otra cadena una película y Harrison Ford, por ejemplo, abre la puerta y entra por no sé dónde; al mismo tiempo, uno de «Gran Hermano» está insultando a una; entonces...Y después tienes los programas en que abundan los insultos, los gritos, las palabras soeces...Y lo peor es que llega un momento en que tu oído se acostumbra a eso. Creo que estamos rebajando los niveles de lo aceptable. Y eso es perjudicial para todos.
En primer lugar, para los profesionales, porque nos está llevando a una dinámica que o te quedas en casa o aceptas productos que no son realmente los que quieres hacer. ¿Dónde están los profesionales que pueden hacer entrevistas, programas de debates, cosas que hace no muchos años se podían hacer? Ahora hay una dinámica, una tendencia, una moda que es la telerrealidad. Y, o haces eso, o nos quedamos en casa, no trabajamos. Y no creo que eso sea lo que la gente quiera, sino lo cómodo. Pienso que hay que exigirse más. De alguna manera, los medios de comunicación tenemos un cierto compromiso, una cierta obligación social. Las cosas —me refiero más en concreto al lenguaje soez — han llegado incluso a los dibujos animados. Hace unos días, mientras yo estaba vistiendo a uno de mis hijos para llevarlo al colegio, oigo que un ratoncito dice: «Estamos en la puta calle». Dibujos animados, que mis hijos no ven otra cosa porque son muy pequeños. Y si empiezas a meter palabrotas ya en los dibujos animados...
—¿Vuelves con las pilas bien cargadas?
—Sí. Vuelvo con energías renovadas para empezar con alegría a trabajar y para darle gracias a la vida por trabajar y por poder hacer en estos tiempos una programa, como es «Hay una carta para ti», que es un programa blanco, sin insultos, sin palabras soeces, y donde se escuchan historias de seres humanos sin ahondar en ninguna morbosidad. Vuelvo a trabajar y a seguir ocupándome de mis hijos y de mi casa.

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