El cuaderno de bitácora de la aventura marina de Álvaro de Marichalar

Cuando el 23 de febrero de 2002 Álvaro de Marichalar se santiguó —como hace todos los días, desde que tiene uso de razón— en Roma, después de la visita al Papa, luego de acariciar a su caballo de acero, Numancia, sabía, rodeado de leales que venían a despedirle, que iba a hacer realidad —'lo sabía, ni un momento de duda'— lo que había sido el sueño de toda su vida, porque Álvaro de Marichalar, navarro, de cuarenta y un años, iba a intentar algo fabuloso, hasta ese momento jamás realizado por ser humano alguno, esto es, atravesar el Atlántico entero, desde el Mediterráneo, desde el corazón de la cristiandad, hasta la estatua de la Libertad, en Nueva York, a bordo de lo que él llama una pequeña embarcación y que Quadra-Salcedo, a cada cual lo suyo, llamó brillantemente 'un delfín de hierro y fibra'a lo largo de setenta y cinco días y setenta y cinco noches de calvario, de constante lucha contra la mar, tan hermosa como imprevisible,la mar, a la que un escritor que la conocía bien la llamaba 'esa fabricante de viudas'.

Pero lo cierto, es que la enorme aventura —a la que España, como siempre, con sus hijos, con sus gestas, no dio la importancia que tiene— llevaba ya en el corazón y en la cabeza de Álvaro de Marichalar desde muchos años atrás. 'La estaba poniendo en pie desde no sé cuándo, es algo que no se me iba del pensamiento'.

Como Colón, pero solo
Doy fe de que es cierto, porque cuando en el noventa y ocho acompañé a Marichalar, en su travesía en solitario, por Canarias, batiendo entonces un récord mundial de distancia, a veces, cuando cambiábamos impresiones en los breves descansos, en el Hierro o la Palma, me confesaba emocionado: 'Algún día haré lo que siempre quise hacer, Europa-América a través del océano Atlántico'.

—Como Colón
'Eso es, como Colón, pero en mi Numancia, encima de mi pequeña embarcación, a solas con el mar y con el viento'.

Y así fue, y lo consiguió. Y no ha sido fácil ni mucho menos. Manejando, siempre en pie, la bombardier, seguido de cerca, siempre detrás, porque no hay quien pueda con la velocidad de crucero de la moto —a veces catorce horas diarias —, por un barco de apoyo, con la tripulación justa, vientos, tempestades, olas de cinco metros, sin tregua ni descanso, día tras día, hora tras hora —larga es la noche en el océano—, el líquido para repeler tiburones cerca, a mano la canana de bengalas, la radio satélite, y todo el mar, toda la mar por delante.

Más sobre: