El secreto mejor guardado, el vestido de novia, se desveló pasadas las siete de la tarde, cuando Ana Aznar llegó a la basílica de San Lorenzo de El Escorial del brazo de su padre, el presidente del Gobierno español, José María Aznar.

De blanco marfil y radiante, como manda la tradición, la joven novia llevaba un vestido confeccionado por Aby Güemes, modista de confianza de su familia. Y es que esta diseñadora fue la encargada de diseñar en su día el vestido de novia de Ana Botella, la madre de la contrayente, y muchos años antes de la madre de ésta, doña Ana, abuela de Ana Aznar.

El traje nupcial era de gazar natural, de corte clásico, con cuello barco, manga al codo y falda abullonada; además, llevaba una sobrefalda de gasa con topos y guirnaldas de flores bordadas.

Como la mayoría de las novias actualmente, la joven contrayente optó por llevar el rostro descubierto. El velo, de dos metros de largo, y confeccionado en gasa natural con pequeños topos, caía a la espalda e iba prendido en el cabello con una pequeña corona de flores blancas. Ana Aznar prefirió no peinar con moño su larga melena, aunque llevaba un semirecogido peinado por la estilista Gloria Delgado.

Los pendientes, colgantes, joyas antiguas isabelinas de brillantes y platino fueron, al parecer, regalo de sus amigos más íntimos, y completaban una imagen de novia clásica, juvenil y elegante. En la muñeca llevaba una pulsera regalada por la madre del novio, Soledad Longo.
Las arras, portadas por unas damitas de honor, eran de oro mexicano antiguo y fueron prestadas por una amiga.
Los zapatos de la novia fueron confeccionados por la sevillana Pilar Burgos, la famosa diseñadora de calzado.

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