Por primera vez en la ceremonia de apertura del prestigioso Festival de Cannes, Woody Allen se convirtió ayer, en el rey de la velada. No en vano, el actor neoyorquino ha cambiado el encanto de Venecia -donde suele presentar sus películas en Europa - por el de la Riviera Francesa.
Su filme, Hollywood Ending, una mordaz crítica sobre el mundo cinematográfico, fue el encargado de dar el pistoletazo de salida a una edición, la número 55, que promete ser centro de reunió de lo mejor del mundo del celuloide. Doce días de intensa actividad, aproximadamente 4 mil periodistas y fotógrafos acreditados, 80 películas en cartel y 22 cintas que compiten por la preciada Palma de Oro, además de las siempre bienvenidas presencias estelares, son los platos fuertes de este año.

"Estoy conteniendo el pánico", afirmo el genial director a su llegada a La Croisette acompañado por su inseparable esposa, Soon- Yi y escoltado por Debra Messing y Tiffani-Amber Thiessen, dos de las actrices de su filme. Durante la ceremonia de inauguración recibió, además el premio ‘Palma de Palmas’, un reconocimiento especial que tan sólo se había concedido a otro realizador antes, el sueco Ingmar Bergman. Al aceptar el galardón, Woody Allen bromeó sobre el afecto que le profesaba Francia y afirmó que los franceses se equivocan con él por partida doble: "Creen que soy un intelectual porque llevo gafas, y que soy artista porque mis películas pierden dinero". "Ninguna de las dos cosas es cierta", declaró entre las risas de los presentes en el auditorium, entre los que estaban, Sharon Stone, Michelle Yeoh y David Lynch.
El cineasta, que odia ver sus propias películas, se retiró antes de la proyección, no sin antes indicar que decidió ir a Cannes porque ya era hora de agradecer al público francés sus años de apoyo.

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