La relación entre Francisco y Eugenia es excelente y él ve a su hija cuando quiere

La vida soñada en la finca de cultivo, La Pizana, lejos de los oropeles y del espléndor que siempre distinguió a los Alba, no ha tenido un final feliz. La duquesa de Montoro ha puesto punto y final a su matrimonio después de un año en el que la felicidad, y la ilusión de una vida en común rodeados de niños, fue dejando paso a la de los silencios, la soledad y la desilusión.

No ha habido terceras personas
No ha habido, contrariamente a lo que se ha dicho, terceras personas que fomentaran la separación. Ni por parte de Eugenia, a la que se ha relacionado con Rosauro Varo y un tal Sergio -ambos de Sevilla y del mismo círculo-; ni por parte de Francisco por muchas fans que éste haya podido tener, pero sí han determinado tal desenlace, la soledad, las presiones externas, la ausencia de amparo familiar y distancia impuesta por una profesión tan incomprensible como la de matador.

Carmen Ordóñez no es culpable
No cabe tampoco culpar de tal desenlace a la madre de Francisco Rivera, Carmen Ordóñez, cuyo nombre ha aparecido relacionado en todo momento con las desavenencias conyugales de los duques de Montoro. Porque si bien es verdad que Eugenia Martínez de Irujo no estaba de acuerdo con el hecho de que su suegra vendiera determinados acontecimientos de su existencia también lo es que la duquesa de Montoro valoró que ésta jamás intentara usar a su primera y única nieta, la pequeña Cayetana, como un aval para obtener un precio mayor a la hora de negociar un reportaje como abuela.

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