El primer Jubileo ordinario se proclamó en 1300 por el papa Bonifacio VII, un miembro de la familia noble Caetani. Había tanto sufrimiento en el mundo, conocido en aquel tiempo como Christendom, que el gran deseo de los ciudadanos era volver a una manera más santa de vivir. Con gran fe, los cristianos determinaron viajar a pie a Roma para rezar ante las tumbas de los Apóstoles San Pedro, San Pablo, y recibir, así, del Papa la bendición y la gracia.
El segundo Jubileo se celebró en torno al año 1350. La ciudad estaba medio destruida por un terremoto del año anterior. El Papa vivía en Avignon. Europa salía de la peste negra que había matado, en dos años, a la mitad de la población, unos cuarenta millones de personas. Esta gran corriente de dolor haizo que los fieles pidieran un nuevo año de gracia y que el poeta Petrarca, en una carta poética, suplicara al Papa que regresara a Roma y proclamase un nuevo Año Santo. Y así ocurrió.

Cada veinticinco años
A partir del siglo XV se establece la costumbre de proclamar Año Santo romano cada veinticinco años. Norma que los papas han respetado, a lo largo de los siglos, con la salvedad del papa Pío IX que, en el Jubileo de 1875, no abrió la Puerta Santa para protestar por la supresión del poder de los Estados Vaticanos.
Rompiendo con la secular tradición, el papa Pío XI decidió celebrar un nuevo jubileo en 1933, recordando los diecinueve siglos de la pasión y muerte de Jesús. Por primera vez, el Papa utilizó el mensaje radiofónico. Este año jubilar fue todo un éxito. Además de conmemorar una fecha muy significativa, la Iglesia celebraba la soberanía del Estado Vaticano dentro del Estado Italiano.

La puerta más humilde
La actual Basílica de San Pedro cuenta con cinco puertas de acceso, pero es la más humilde de todas ellas -es lateral y muy pequeña- la conocida como la Puerta Santa, antiguamente Puerta Guidonea, ya que por ella entraban los peregrinos que llegaban a San Pedro -guiados- para visitar la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Todos ellos creían -desde que el papa Martino V, en 1499, la abrió por primera vez en la historia de los años jubilares-, que la figura de Jesucristo había pasado por dicha puerta y, también, que sólo esa entrada conducía a Cristo y a la vida eterna.
La puerta, de madera, estuvo cerrada al exterior por un muro desde 1500 hasta 1950 y, en el momento de su apertura, no se abrían los lados, sino que se derribaba una pared. El Papa, simbólicamente, daba tres golpes con un martillo y, después,los albañilkes completaban la obra de demolición. Los escombros y restos de ladrillo fueron considerados durante siglos como reliquias santas.
En este año 2000, por primera vez en la historia de los años Santos, el Papa abrió personalmente las cuatro puertas de las basílicas romanas.

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