Sarah Biasini, hija de la inolvidable Romy Schneider, tras los pasos de su madre

—¿Cómo y cuándo decidió, precisamente, meterse en este oficio?
—Cuando era adolescente, pasaba el tiempo dándole vueltas a las cosas. Quería afirmarme, y todo el mundo tenía tantas esperanzas de que eligiese este oficio, que me negaba a hacerlo. En realidad, siempre quise actuar, sin saber realmente de qué se trataba, ya que mi madre nunca me llevó a un plató. No quería lanzarme: me parecía algo demasiado fácil y evidente. Una falta de originalidad. Y, para complicar más las cosas, tenía un carácter contradictorio.
—Sin embargo, llegó un momento en que se lanzó...
—Sí, el paso del tiempo decidió las cosas. Había iniciado estudios de Historia del Arte. No iba a elegir Contabilidad. Me licencié y realicé unas prácticas en Londres, en un museo, con sir John Soane, coleccionista y arquitecto, sobre todo del Banco de Inglaterra. Esa debería haber sido mi orientación.
—¿Qué le decía su padre?
—Me repetía una frase sencilla: "Haz lo que realmente te apetezca y sé feliz". —¿Entonces?
—Pues a los veinticuatro o veinticinco años llegué a un punto en el que ya no podría cambiar nunca de dirección. Tenía que coger un camino sin retorno, comprendí que debía tomar una decisión. Así que elegí cambiar radicalmente de orientación, dejar Historia del Arte y convertirme en actriz.
—Se imponía lo evidente.
—Había evolucionado. Ya no veía las cosas del mismo modo. En ese momento me pareció imposible hacer algo que no fuera actuar.

’Tenía miedo’
—En definitiva, había tardado tiempo en asumirlo...

—Sí, tardé tiempo, porque tenía miedo. Miedo, precisamente, de no asumirlo. Miedo de que me vieran de forma equivocada. Miedo de ser objeto de demasiada curiosidad.
—¿Fue ése el motivo por el que no quiso recibir clases en Francia?
—Sí, en efecto. Decidí marcharme a Estados Unidos y me instalé con mi familia en Los Angeles. Me inscribí como estudiante en el Instituto Lee Strasberg y como oyente en el Actor’s Studio.
—No me diga que allí la gente de la profesión no conocía a Romy Schneider, que rodó varias películas en Hollywood, y que no sabía quién era usted...
—Sí, lo sabían. De todos modos, al iniciar las clases, cada alumno debía presentarse a los alumnos y a los profesores y, cuando llegó mi turno, tuve que hablar de mí, explicar mis motivaciones y, por lo tanto, decir quién era y quiénes eran mis padres. En efecto, mis profesores sabían quién era mi madre.

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